Chincha Alta, 25 de Marzo de 2010
Al entrar en la casa se ven las grietas, los restos de lo que fue, del sufrimiento pasado, pero también se ven las obras de reconstrucción, los muros de ladrillo aun sin pintar y los sacos de cemento usados en la ampliación de la casa para que, cuando nazca el bebé, pueda vivir aquí, junto a sus padres y los abuelos.
Hay varios aparatos destripados en el 2º piso, un video viejo, dos amplificadores y una tele que el hijo mayor, Elvis, usa para practicar electrónica. De eso vive.
Desde la azotea de la casa se ven las azoteas vecinas, los árboles frondosos de hojas blanqueadas por el polvo que lo domina todo, los restos de la antigua construcción que aquí había , una tercera planta de adobe levantada sin columnas. Los hierros sobresalen del suelo retorcidos, oxi
dados, polvorientos. La dueña de la casa, Jova, me la ha enseñado anunciando qué es cada estancia con la tristeza de lo que fue y se perdió y con una cierta vergüenza de saberse pobre. “Vamos reconstruyendo de a poquito”, me cuenta sin mirarme, “pero nos falta plata desde que despidieron a mi marido hace unos años”. Tras un silencio me mira fugazmente y emprende el camino de regreso escaleras abajo. En la planta baja nos esperan Sandy y Gaby en la cocina.
Gaby se ata la trenza criolla y la deja colgar a la espalda. Moja una bolsa de plástico y la aplica sobre el guiso, dentro de la olla de zancocho de papa. Un truco de la sierra para que tarde menos en hacerse la comida. Es una olla express casera.
Sandy corta zanahorias y de vez en cuando se toca la parte baja de la barriga con la palma abierta. Un gesto que ha comenzado a
hacer de manera inconsciente cuando aun no se cree del todo que vaya a ser madre. Apenas ha sufrido cambios físicos y todavía continúa con las mismas tallas de ropa. Sandy tiene 21 años y ha puesto en pausa sus estudios de enfermería hasta que nazca el bebé. “Será niño, lo presiento”, me dice riendo con esa facilidad suya para la alegría.
Gaby es la tía de Sandy y convive algunos días con ella y con la madre de ésta, Jova, que es seria pero alegre, grave y tímida, con los restos de las batallas y los naufragios que le ha traído la vida marcados en la cara. Tuvo al primero de sus cuatro hijos cuando tenía 15 años y desde entonces, luchar para salir adelante, para sacarlos a ellos adelante, ha sido su constante. Ella quiere lo mejor para su única hija y por eso le nace el temor de que sea demasiado joven para esto.
“Cuando nació el primero yo tenía 17 años”, me contaba ayer Luis, el padre de Sandy, mientras copartíamos una gaseosa en su chacra (así llaman al terrenito en el campo), “y desde entonces tuve que asumir esa responsabilidad, no he dejado de luchar”. Se ve en su cara y en sus manos, en su mirada.
Fue así más o menos como comenzó la charla que tuvo con la pareja de su hija, Álvaro, que tiene 18 años no más. Álvaro agarró el toro por los cuernos cuando supo del embarazo y quiso lidiar de frente con su suegro y prometerle aceptar el compromiso y trabajar duro, como lo hace ya, de conductor, de sol a sol.
La cocina huele rico y las tres mujeres de la casa cocinan y trabajan en silencio. Sólo se escucha el ris-ras del arañar de las
cacerolas, el zas-zas del corte limpio del cuchillo y el glub-glub del hervir, también los pasos tenues y los movimientos suaves de Gaby que va de un lado a otro con el sigilo de su sangre india. Su trenza negra y delgada como una culebra sigue colgando sobre sus anchas espaldas. Hoy toca arroz con pollo así que marchamos al mercado.
Sandy deambula entre los pasillos de los puestos, escoge los precios, charla, anda, esquiva, paga, ríe, carga, camina ligera. Aun puede. Lo único que denota el embarazo es esa mano sobre la barriga mientras está parada frente a un puesto, acariciando al bebito que está por llegar. Aun quedan seis meses.
Una vez de vuelta las mujeres continúan el trabajo en la cocina. Sandy arranca a cantar entre dientes. El pollo casi está a punto, Gaby se suelta la trenza, la casa está llena de vida y uno ya no presta atención a los sacos de cemento ni a las obras. La madre desaparece y regresa recién duchada y con una pila de ropa planchada. Se acerca y me ve tomando un retrato a su hija. Le pregunto. Me contesta. Parece que ya sí que se alegra de que su hija esté embarazada. Va a tener un nieto viviendo en casa. Está feliz.
Matt

