PeRcepciÓn

Nueva York, 31 de julio de 2010


El autobús va lleno. Solo viajan negros y yo soy el único blanco, como en aquel otro autobús de África, la misma sensación, pero los de aquí son, por lo general, negros sobrealimentados con gorras de béisbol y zapatillas deportivas. Allí no había obesidad y sí ese cierto aire de modesta dignidad que da la pobreza. Hemos llegado. Es la parada de la esquina del Boulevard Malcom X con el de Martin Luther King Jr. Estamos en Harlem.

Por la noche, las calles no se vacían del todo, quedan sombras oscuras en puertas y esquinas. Sentados al fresco, negros y latinos buscan alivio al calor. Un local sin ventanas transmite las vibraciones de su música atenuada y la iluminación es escasa en la acera. Cuesta pensar que estemos en el primer mundo. Por un momento estaba en Malí. Debió ser una percepción intoxicada. Será que de noche, las ciudades, como los gatos, se confunden.

He vuelto a Nueva York para acudir a la fiesta de puesta de largo como padres de Angie y Richard, es lo que llaman el ‘baby shower’. Mi intención es escribir sobre Perú y la visita que le he hecho a Sandy esta semana pasada, pero si adelanto esto aquí, ahora, es para confesar que a estas alturas del proyecto, a veces, se me confunden los sentidos, se me altera la percepción y más que contar lo que veo escribo sobre lo que rememoro. Con todas las trampas que esto implica.

“¿Cómo puedes recordar los nombres de todos aquellos que encuentras?”, me preguntó hace semanas mi amigo Jose María, cerveza en mano, en una noche neuyorkina. No los recuerdo, no todos al menos, pero para eso tengo un cuaderno.
Un trago de cerveza y silencio. La cabeza se me puebla de recuerdos, de viajes y caras. Maldita esta memoria mía.
Observo la libreta que me acompaña y que desde el inicio de este proyecto se ha llenado de nombres y códigos propios en un intento de capturar lo esencial de cada una de las historias. Sin embargo, hay cosas que no se olvidan.

Perú.

De noche todas las ciudades son pardas.
Situado junto a la ventanilla del taxi, en la noche, por un momento no sé donde estoy. Es la misma sensación que se tiene a veces al despertar de una espesa siesta a deshoras. Algo que palpita detrás de la percepción me dice que es el cansancio acumulado pero esas calles de ahí fuera, mal iluminadas, podrían ser de cualquiera otro sitio, pero estoy en Perú. El taxista acelera. La música alta y el ritmo martilleante amplifican la sensación onírica. Es Perú, seguro, estuve con Sandy estos días. Es Perú. Casi seguro.

Ha pasado un año desde el primer viaje de este proyecto en el que seguir la gestación de cinco mujeres en cinco sociedades diferentes. En este tiempo he conocido ya a 3 de los bebés a los que he hecho seguimiento y los dos que quedan están en camino. Las diferencias y las similitudes que voy buscando, cámara en mano, han ido dejando un poso en mi retina y me han provocado preguntas sobre la capacidad de la fotografía para plasmarlas.

Sin embargo, hay cosas que no se olvidan. No se olvidan los nombres y las caras de las familias con las que trabajo. Me traje a Perú el recuerdo de Sandy para cotejarlo con lo que me encontrase, pero Sandy ya era otra. Me encontré a una mujercita con muchas ganas de convertirse en madre y una habilidad innata para serlo, con una barrigota de siete meses que no le ha borrado la energía para trabajar en la casa ni, tampoco, la sonrisa perenne colgada a su boca. Sin embargo, ella ya no es ella, es otra. Algo ha cambiado en su pose, en su mirada, y por supuesto en su físico. Es ya una madre, una a la que aun le quedan dos meses para serlo.

Hasta ahora el embarazo no le ha dado problema alguno pero si que ha tenido algún susto que le ha hecho acudir al médico para constatar que todo estaba bien. Y está bien. Una noche, en la puerta de casa y por el problema de un familiar con la policía, tuvo un enfrentamiento más o menos abierto con algún agente. Según me contó, la actitud de algunos de los policías que estaban en la puerta de casa chequeando al familiar era algo sospechosa. A ella le salió el nervio y se enfrentó a ellos. La cosa no fue a mayores pero si llegó a un contacto físico más o menos agresivo. El médico la tranquilizó al día siguiente, que estaba bien, que no debe preocuparse por nada con respecto al bebé que está por nacer, pero la no muy clara actuación de la policía le ha llevado a poner una denuncia que se tramita por cauces oscuros y tortuosos en los que, así me lo transmitió ella, unos policías se cubren a otros, usan la burocracia para enterrar la denuncia o acuden a amenazas soterradas. Pero ahí estaba ella, dispuesta a seguir adelante, valiente, segura, cabezota.

Una tarde la acompañé a la comisaría en lo que se estaba convirtiendo en una rutina diaria de burocracia y roces con la policía. Allá, en la desangelada comisaría, haciendo fotos subrepticiamente, escuchando el tono paternalista del policía que negaba los hechos, procuraba no tomar un partido claro, consciente de que mi percepción acerca de lo que era verdad estaba condicionada por mi cariño hacia Sandy y su familia. Y la percepción de la realidad no es la realidad ¿Realmente fue el encontronazo tal y como ella me lo contó o la historia del policía también alberga verdad?

Ese arrojo, esa valentía, también se le asoman cuando aborda su maternidad. Sabe que es difícil, que tiene riesgos, que su situación no es fácil con una pareja tan joven y en un entorno complicado, pero está decidida. Es la misma determinación con la que ya agarra al hijo recién nacido de su hermano al que la madre, de maquilladas uñas largas y risa pronta, que no tiene tan desarrollado como ella el instinto materno, le cuesta manejar con soltura. Estoy hablando de vacilaciones a la hora de cambiarlo, de darle de comer o de vestirlo. Estoy hablando de la facilidad de Sandy para voltearlo, agarrarlo, dormirlo o alimentarlo transmitiendo la seguridad, la alegría y la facilidad de una madre que ya ha tenido varios retoños. Aunque aun está esperando su primero.

Quedan dos meses, más o menos, para que eso llegue y no tiene problemas para dormir ni para moverse, y se alegra cuando el pequeñajo se hace notar prometiendo un futuro de karateka. Su marido, Álvaro, ha cambiado de trabajo y se está preparando para camionero. Ella ya habla de retomar la carrera de enfermería que dejó aparcada por el bebé, aunque no tiene prisa pero, de nuevo, si que tiene la determinación. La casa también ha sufrido cambios, tanto por la reconstrucción tras el remoto, que va despacio, como por la familia. Ahora Sandy y su chico ya tienen cuarto propio y el hermano y su mujer otro más grande al que tenían, que comparten con el recién nacido. El padre y el tío siguen viviendo con la abuela en la chacra, donde se reúnen casi todas las tardes. Son una familia unida que vive separada.­­­­­­­­

Desde que me marché me palpita en la cabeza una imagen de Sandy como madre.

Al marcharme me nació, en el avión de vuelta, como una certeza, como un recuerdo claro pero falaz, la imagen de que Sandy es ya madre. No soy consciente de dónde surgió. Sé que no lo es todavía pero en mi mente, de nuevo, se me alteraban las percepciones. No duró más que lo que lo hizo el viaje nocturno. Parecía un recuerdo claro, un mal sueño de cruzar fronteras en duermevela. No era el recuerdo de Sandy agarrando a un bebé que podría confundir como suyo, o cambiándole los pañales, no, era la evocación de una idea, la vaga certeza de que Sandy es madre. Mirando por la ventanilla del avión, viendo las nubes del amanecer disolverse sobre Manhattan, allá abajo, yo sabía que era una memoria antojadiza y mentirosa, pero era tan real…

De nuevo en Harlem. A veces encuentro el tiempo para acudir a las fotos que he estado tomando en Perú, pero es demasiado pronto. Cuando las miro, ¿qué realidad es esa? Hubo más de lo que aparece en las fotos, desde luego, eso siempre ocurre, pero el recuerdo visto a través de imágenes es como ver la propia casa de uno en una foto que otro ha hecho, quizá desde un ángulo insólito. Nos parece una casa más grande o más bonita vista desde allí donde nunca estamos. Es una realidad reconocible, pero diferente.

No es más que un juego de la percepción.

MaTT

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Una Respuesta a PeRcepciÓn

  1. Namberjuan dijo:

    No me ha gustado, me ha encantado! Creo que de todas me quedo con esta! Creo que sabes por qué …
    Gracias, nambertú!

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