Cinco embarazos en lo que dura una canción

Sevilla, 28 de enero de 2012

Es cierto, quizá un año y medio es demasiado para un blog, para que de una entrada a otra pasen tantos días, tantas cosas, pero (y aquí va la excusa) llegó un punto, casi al final, en que se aceleró todo, acercándose el momento de la expo, con tanto material y tanta experiencias… una pequeña vorágine vital. Incluso dejé sin publicar la última entrada, la de la visita a NYC y a Perú en Octubre a Bowe y a Álvaro, los bebitos peruanos y estadounidenses del proyecto. Aún duermen esas crónicas manuscritas en el cuaderno con la promesa de que algún día las publicaré. Quién sabe.

En todo este tiempo llegó la exposición, las palmadas en la espalda y los abrazos; el disfrute de un trabajo que llevó mucho tiempo acabar, largas sesiones de edición y selección, decisiones inseguras para alguien como yo que se estrenaba en estas lides. Y luego llegó el alivio, uno que siente como al quitarse unos zapatos que aprietan, el del trabajo que requirió demasiado y ya acabó. Y de repente hay que pasar página.

Ahora, desde aquí, uno mira para atrás y aquello lo hizo otro más capaz y con mejor ojo. Pero no, parece que no, que fui yo.

Este domingo 29 de enero el Semanal de El País publica un reportaje sobre el proyecto que da sentido a este blog y, acudiendo al material que en su momento usé para la exposición, rescato este video que se proyectó en la sala como complemento. Es un pequeño experimento que disfruté mucho montándo, pero no tanto como haciendo las fotos, no tanto como conociendo a esas cinco bellas damas que me abrieron su mundo y me hicieron crecer.

Muchas gracias a ellas, por todo.

… Y si quieres encontrarme, ya sabes:

www.josesalvadorgutierrez.com

MaTT

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PeRcepciÓn

Nueva York, 31 de julio de 2010


El autobús va lleno. Solo viajan negros y yo soy el único blanco, como en aquel otro autobús de África, la misma sensación, pero los de aquí son, por lo general, negros sobrealimentados con gorras de béisbol y zapatillas deportivas. Allí no había obesidad y sí ese cierto aire de modesta dignidad que da la pobreza. Hemos llegado. Es la parada de la esquina del Boulevard Malcom X con el de Martin Luther King Jr. Estamos en Harlem.

Por la noche, las calles no se vacían del todo, quedan sombras oscuras en puertas y esquinas. Sentados al fresco, negros y latinos buscan alivio al calor. Un local sin ventanas transmite las vibraciones de su música atenuada y la iluminación es escasa en la acera. Cuesta pensar que estemos en el primer mundo. Por un momento estaba en Malí. Debió ser una percepción intoxicada. Será que de noche, las ciudades, como los gatos, se confunden.

He vuelto a Nueva York para acudir a la fiesta de puesta de largo como padres de Angie y Richard, es lo que llaman el ‘baby shower’. Mi intención es escribir sobre Perú y la visita que le he hecho a Sandy esta semana pasada, pero si adelanto esto aquí, ahora, es para confesar que a estas alturas del proyecto, a veces, se me confunden los sentidos, se me altera la percepción y más que contar lo que veo escribo sobre lo que rememoro. Con todas las trampas que esto implica.

“¿Cómo puedes recordar los nombres de todos aquellos que encuentras?”, me preguntó hace semanas mi amigo Jose María, cerveza en mano, en una noche neuyorkina. No los recuerdo, no todos al menos, pero para eso tengo un cuaderno.
Un trago de cerveza y silencio. La cabeza se me puebla de recuerdos, de viajes y caras. Maldita esta memoria mía.
Observo la libreta que me acompaña y que desde el inicio de este proyecto se ha llenado de nombres y códigos propios en un intento de capturar lo esencial de cada una de las historias. Sin embargo, hay cosas que no se olvidan.

Perú.

De noche todas las ciudades son pardas.
Situado junto a la ventanilla del taxi, en la noche, por un momento no sé donde estoy. Es la misma sensación que se tiene a veces al despertar de una espesa siesta a deshoras. Algo que palpita detrás de la percepción me dice que es el cansancio acumulado pero esas calles de ahí fuera, mal iluminadas, podrían ser de cualquiera otro sitio, pero estoy en Perú. El taxista acelera. La música alta y el ritmo martilleante amplifican la sensación onírica. Es Perú, seguro, estuve con Sandy estos días. Es Perú. Casi seguro.

Ha pasado un año desde el primer viaje de este proyecto en el que seguir la gestación de cinco mujeres en cinco sociedades diferentes. En este tiempo he conocido ya a 3 de los bebés a los que he hecho seguimiento y los dos que quedan están en camino. Las diferencias y las similitudes que voy buscando, cámara en mano, han ido dejando un poso en mi retina y me han provocado preguntas sobre la capacidad de la fotografía para plasmarlas.

Sin embargo, hay cosas que no se olvidan. No se olvidan los nombres y las caras de las familias con las que trabajo. Me traje a Perú el recuerdo de Sandy para cotejarlo con lo que me encontrase, pero Sandy ya era otra. Me encontré a una mujercita con muchas ganas de convertirse en madre y una habilidad innata para serlo, con una barrigota de siete meses que no le ha borrado la energía para trabajar en la casa ni, tampoco, la sonrisa perenne colgada a su boca. Sin embargo, ella ya no es ella, es otra. Algo ha cambiado en su pose, en su mirada, y por supuesto en su físico. Es ya una madre, una a la que aun le quedan dos meses para serlo.

Hasta ahora el embarazo no le ha dado problema alguno pero si que ha tenido algún susto que le ha hecho acudir al médico para constatar que todo estaba bien. Y está bien. Una noche, en la puerta de casa y por el problema de un familiar con la policía, tuvo un enfrentamiento más o menos abierto con algún agente. Según me contó, la actitud de algunos de los policías que estaban en la puerta de casa chequeando al familiar era algo sospechosa. A ella le salió el nervio y se enfrentó a ellos. La cosa no fue a mayores pero si llegó a un contacto físico más o menos agresivo. El médico la tranquilizó al día siguiente, que estaba bien, que no debe preocuparse por nada con respecto al bebé que está por nacer, pero la no muy clara actuación de la policía le ha llevado a poner una denuncia que se tramita por cauces oscuros y tortuosos en los que, así me lo transmitió ella, unos policías se cubren a otros, usan la burocracia para enterrar la denuncia o acuden a amenazas soterradas. Pero ahí estaba ella, dispuesta a seguir adelante, valiente, segura, cabezota.

Una tarde la acompañé a la comisaría en lo que se estaba convirtiendo en una rutina diaria de burocracia y roces con la policía. Allá, en la desangelada comisaría, haciendo fotos subrepticiamente, escuchando el tono paternalista del policía que negaba los hechos, procuraba no tomar un partido claro, consciente de que mi percepción acerca de lo que era verdad estaba condicionada por mi cariño hacia Sandy y su familia. Y la percepción de la realidad no es la realidad ¿Realmente fue el encontronazo tal y como ella me lo contó o la historia del policía también alberga verdad?

Ese arrojo, esa valentía, también se le asoman cuando aborda su maternidad. Sabe que es difícil, que tiene riesgos, que su situación no es fácil con una pareja tan joven y en un entorno complicado, pero está decidida. Es la misma determinación con la que ya agarra al hijo recién nacido de su hermano al que la madre, de maquilladas uñas largas y risa pronta, que no tiene tan desarrollado como ella el instinto materno, le cuesta manejar con soltura. Estoy hablando de vacilaciones a la hora de cambiarlo, de darle de comer o de vestirlo. Estoy hablando de la facilidad de Sandy para voltearlo, agarrarlo, dormirlo o alimentarlo transmitiendo la seguridad, la alegría y la facilidad de una madre que ya ha tenido varios retoños. Aunque aun está esperando su primero.

Quedan dos meses, más o menos, para que eso llegue y no tiene problemas para dormir ni para moverse, y se alegra cuando el pequeñajo se hace notar prometiendo un futuro de karateka. Su marido, Álvaro, ha cambiado de trabajo y se está preparando para camionero. Ella ya habla de retomar la carrera de enfermería que dejó aparcada por el bebé, aunque no tiene prisa pero, de nuevo, si que tiene la determinación. La casa también ha sufrido cambios, tanto por la reconstrucción tras el remoto, que va despacio, como por la familia. Ahora Sandy y su chico ya tienen cuarto propio y el hermano y su mujer otro más grande al que tenían, que comparten con el recién nacido. El padre y el tío siguen viviendo con la abuela en la chacra, donde se reúnen casi todas las tardes. Son una familia unida que vive separada.­­­­­­­­

Desde que me marché me palpita en la cabeza una imagen de Sandy como madre.

Al marcharme me nació, en el avión de vuelta, como una certeza, como un recuerdo claro pero falaz, la imagen de que Sandy es ya madre. No soy consciente de dónde surgió. Sé que no lo es todavía pero en mi mente, de nuevo, se me alteraban las percepciones. No duró más que lo que lo hizo el viaje nocturno. Parecía un recuerdo claro, un mal sueño de cruzar fronteras en duermevela. No era el recuerdo de Sandy agarrando a un bebé que podría confundir como suyo, o cambiándole los pañales, no, era la evocación de una idea, la vaga certeza de que Sandy es madre. Mirando por la ventanilla del avión, viendo las nubes del amanecer disolverse sobre Manhattan, allá abajo, yo sabía que era una memoria antojadiza y mentirosa, pero era tan real…

De nuevo en Harlem. A veces encuentro el tiempo para acudir a las fotos que he estado tomando en Perú, pero es demasiado pronto. Cuando las miro, ¿qué realidad es esa? Hubo más de lo que aparece en las fotos, desde luego, eso siempre ocurre, pero el recuerdo visto a través de imágenes es como ver la propia casa de uno en una foto que otro ha hecho, quizá desde un ángulo insólito. Nos parece una casa más grande o más bonita vista desde allí donde nunca estamos. Es una realidad reconocible, pero diferente.

No es más que un juego de la percepción.

MaTT

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De lo que no se ve. Un estudio sobre la felicidad

Nueva York, viernes 9 de julio

“…Y esta pequeña parte de mí se llama felicidad.”
La frase no es mía, es la línea final de una peli que están dando en televisión, pero escucharla ha despertado esa pequeña parte de mí. Sonrío. Me miro la muñeca y reflexiono. Ahí aun resiste una pulsera amarilla en la que unas letras azules expresan el deseo de otra persona: “Quisiera encontrar tanto placer en las cosas como solía cuando era pequeño”. Es un anhelo precioso pero no sé a quien pertenece. La saqué de una exposición que he visitado en el New Museum. Allí, una sala alberga en sus paredes cientos de cintas de colores con deseos de visitantes. Al entrar, uno puede escribir su pequeño sueño en un papel, entrar en la habitación y buscar entre las esperanzas de otros, escritas en una cinta, elegir una y sustituirla por el papel. Deseo por deseo, bonito intercambio. Después, el museo convierte el papel en una de esas cintas de colores. La idea es atársela a la muñeca y mantenerla a modo de pulsera hasta que se rompa por el uso. En ese momento, el deseo ahí escrito, se convertirá en realidad. Será entonces cuando mi desconocido debería comenzar su regresión feliz.
Miro mi pulsera pensativo. Es una situación extraña. Me siento portador de la felicidad de un desconocido al tiempo que la felicidad de otro me hace feliz a mí. Y eso, ¿cómo lo saco en una foto? Angie, mi embarazada niuyorkina, también viste su propia pulsera, “quisiera un bebé saludable y feliz” reza la suya. Quizá eso si que pueda contarlo en imágenes, pero aun quedan dos meses para eso.

Angie y Rich me reciben por la mañana en su casa. Es cuatro de julio, día de la Independencia, y por tanto festivo. Aun así, están activos después del primer café y aprovechan tiempos muertos para adelantar trabajo, conectarse, comunicarse, decidir, definir, ultimar, adelantar, computar… Y en la tarde quieren hacer limpieza general en casa. A pesar de toda la actividad que se autoimponen, a pesar de la carga de trabajo que tiene ella últimamente en el museo, a pesar del ritmo acelerado que marca esta ciudad, a pesar de todo ello, me desarma la calidez de la sonrisa de Angie, que a sus 7 meses y medio de embarazo trasmite una buena vibra que hace que a uno se le olvide lo frenético del entorno.

En alguna conversación de las que tendría con ellos en días posteriores, Rich desgrana con su habitual energía, hablando de forma precisa y rápida, tocándose en un tic el puente de la gafas, que en Manhattan uno se acostumbra a vivir a una cierta velocidad, a hacer las cosas deprisa y, por tanto, a exigir la misma celeridad en la respuesta. ‘Si entras en una tienda y no te sirven rápido, de una forma instintiva piensas que algo no marcha bien’, me dice mirándome con grandes ojos azul claro. ‘No es sentimiento de superioridad ni competitividad, es el ritmo de la ciudad’, concluye.

Nueva York tiene una curiosa forma de ocultar parte de lo que palpita en ella: ponerlo delante de tus narices. Como aquel cuento de Poe, ‘La carta robada’, en la que la misiva del título estaba delante de las narices de todo visitante. Uno pasea por sus calles pero tiene constantemente la sensación de que algo se le escapa, que no se ve, de presente que está. Quizá el exceso de información, la saturación de los estímulos o la velocidad trepidante a la que ocurre todo puede ser un manto que invisibiliza, pero también tiene que ver con lo que uno está capacitado para ver. O fotografiar.

Pruebo a colocar el trípode en la acera para disparar con el obturador abierto un tiempo y, como resultado, en las fotos, los taxis dejan sus estela de luz a modo de sable láser, pero también la gente aparece en movimiento constante. Es la ciudad como un ser animado.

Ellos, Angie y Richard, lo llaman ‘estar en lo alto del juego’, una manera de pertenecer y permanecer, de sentirse parte, de ir encima de la ola ‘¿Cambiará algo ese ritmo cuando llegue el pequeño (o pequeña, por que prefieren conservar la duda hasta el final)?’ – Les pregunto sentado a su mesa. El cerebro de él es rápido en responder – ‘¡Seguro! Queremos irnos a las afueras, quizá comprar algo, cambiar un poco el ritmo, pero no será hasta que pasen dos años más. Estamos a gusto así’ concluye mirando a su pareja, que sonríe tranquila.

De nuevo las dudas sobre lo que cabe en una foto, por que noto algo imperceptiblemente físico que ha cambiado en ellos, en su forma de moverse, más reposada, más tranquila. Sobre todo de ella, aunque puede ser que el sol tenga algo que ver. Salimos a caminar y a disfrutar del día libre a pesar del calor. Me preguntan por las otras embarazadas que ya han dado a luz y hablamos de los cambios que noto en ellos. Angie sonríe. ‘Me siento más tranquila. Nada espectacularmente diferente, pero esta experiencia no la cambio por nada’, afirma ella –  ‘¿Has pensado cómo podrás compaginarla con tu trabajo en el museo y con el negocio que tienes de banquetes de boda? ¿Te has planteado cómo os va a cambiar a vida cuando llegue el bebé?’ – Le pregunto mientras buscamos la sombra de algún árbol. – ‘No queremos pensarlo, la verdad, aunque al principio seguro que dejaré el negocio de bodas y me tomaré los tres meses habituales en el trabajo, luego ya veremos…’ – dice tocándose la abultada barriga con una mueca algo infantil y sigue caminando en silencio, mirando los árboles. Es un día festivo.

La ciudad, ese ser vivo, se retuerce de calor. Durante el día las calles se vacían hasta la tarde. En la noche, los fuegos artificiales celebran la independencia americana. Sobre el asfalto, y bajo él, la gente camina deprisa, puntea en pantallas de móvil, se aísla con auriculares, toma taxis, conduce y sólo para cuando quieren avituallarse en algún puesto callejero. Únicamente los turistas se salen del ritmo. Únicamente los latinos sonríen abiertamente.

El New York Times ha publicado una editorial sobre la felicidad. Habla de un equipo de investigadores que la han estado estudiando durante años. Alguna de sus afirmaciones es que existe una relación directa entre riqueza y felicidad pero no es permanente, llega un límite en que se rompe la relación. Las naciones pobres se vuelven más felices al convertirse en naciones de clase media, pero, una vez que las necesidades básicas están cubiertas, nuevos ingresos tienen una débil correspondencia con la felicidad. Por ejemplo, continua el rotativo, Los EE UU es un país mucho más rico de lo que era hace 50 años, pero no se ha constatado un aumento en la felicidad general. En cambio, se ha convertido en una sociedad más desigual pero esto no parece haber reducido la felicidad nacional. Parece lógico. Igual que otra de las afirmaciones del estudio, que la correspondencia entre relaciones personales y la felicidad es directa y simple. Las actividades cotidianas más asociadas con la felicidad son el sexo, socializar tras el trabajo y cenar en compañía. Y aporta datos comparativos: Unirse a un grupo que se reúne al menos una vez al mes produce un incremento de bienestar similar a doblar los ingresos y casarse produce un beneficio psíquico equivalente a ganar más de 10.000$ (más de 7.000€) adicionales al año ¿Conclusiones? El éxito económico y profesional es superficial mientras que la felicidad que traen las relaciones interpersonales es profunda y duradera; y que la mayor parte de nosotros se preocupa por las cosas equivocadas.

Y yo me pregunto, ¿cómo se puede medir la felicidad? Y, si se puede medir, ¿se puede fotografiar?

Mi visita ha provocado que Angie retorne a las clases de yoga. Mucho trabajo y alteraciones en las costumbres, se excusa, han hecho que las haya dejado un poco de lado. ‘No va a venir nadie’, dice Mia, la profesora. ‘Es por este calor, la gente prefiere buscar sitios con aire acondicionado’. Se equivoca, pero no por mucho. Me siento privilegiado intentando ser sigiloso, haciendo fotos entre las tres embarazadas que se contorsionan en silencio, despacio, respirando, ommmm ¿Podrá una foto trasmitir esta tranquilidad?

Pasada una semana en Manhattan, en un rato libre, les echo un vistazo a las fotos. Son tan recientes que la edición se hace muy complicada. Me planto frente a esa gran cantidad de imágenes preguntándome constantemente, como un repiqueteo, qué es lo que quiero contar, lo que quiero transmitir, lo que aparece y lo que no aparece en la foto y cuál es mi estilo, si tal cosa existe ¿Qué verá alguien que la mire por primera vez y que no estuvo allí, que no olió, sintió, llegó hasta aquella imagen? Cierro el ordenador y decido dejarlas reposar hasta que regrese a España.

Antes de eso, me espera otra visita, esta vez a Perú, a Sandy, que debe andar también por los 7 meses. Luego regresaré a Nueva York e intentaré aprovechar para acudir a lo que aquí llaman el Baby Shower, una fiesta para la agasajar a la embarazada entre parientes y amigos. Luego regresaré a las fotos, con distancia.

Quisiera creer que si que hay intangibles que se pueden transmitir en fotos, y que yo soy capaz de hacerlas. Quisiera creer que se puede conseguir ser mas feliz, pero éste no fue el deseo que dejé en el museo. Aunque conseguirlo ayudaría.

MaTT

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Apuntes de Umbrete y sus Reyes

Umbrete, 1 de julio de 2010

¡Bum!

Así comienza la primavera en Umbrete

¡Bum! Otro cohete.

No sé que celebran pero sea lo que sea lo que festejan, a este domingo no le pueden faltar cohetes y fuegos artificiales. Y no le faltan. Algo menos de 10.000 habitantes y dos pirotecnias, un dato que puede dar una idea de la afición a la pólvora que tiene este pueblo tranquilo donde vive Reyes. Por que es tranquilo pero espero que a la futura bebita no le moleste le ruido. Por que será niña y ya han decidido el nombre: Reyes, igual que la madre. Pero para eso todavía quedan un par de meses.

A pesar de la cercanía, a Umbrete no le afectan demasiado los fastos y celebraciones de la vecina Sevilla, la capital. Cuenta en el calendario con sus propias fechas en las que se levanta y celebra. Una de ellas es la feria del mosto, en verano, con su toro de fuego (no podía faltar la pólvora), aunque el toro no es tal, sino un señor que se disfraza de toro cubierto de pirotecnia; y la banda música y la gran noche de fuegos artificiales. Otra fecha marcada es el Rocío que es quizá la que más pasiones despierta.
La mayor parte de los bares tienen una pizarrita dedicada a contar los días de forma regresiva hasta la fecha del Rocío, en mayo. Al llegar esas fechas el pueblo se paraliza y, durante varios días, se convierte en un pueblo fantasma. Se ausentan los romeros y las calles arden de calor y soledad.

Es también un pueblo de contrastes, donde la tradición agrícola y católica sigue marcando la pauta. Aun, en verano, los portales de las casas (solo hay un edificio) se pueblan de vecinos a tomar la fresca y charlar sobre lo que sea, habitualmente sobre los otros vecinos. Esta imagen coexiste con unas de las instalaciones deportivas más grandes y modernas de Sevilla, una biblioteca bien gestionada que pone la cultura en las manos de quien quiera acercarse, y se acerca, y una nueva oleada de forasteros que han venido para quedarse. Son en muchos casos jóvenes parejas que hacen buena esa idea que escuché en Nueva York, los down sizers. Viene a definir más o menos a personas con educación superior, que han vivido en la gran ciudad, trabajando en un buen empleo altamente remunerado y que deciden rebajar su exigencias materiales para irse a vivir cerca del campo, buscando otras cosas. Un mayor espacio en la casa, tomates que saben a tomates, otro ritmo y otra luz.

Es difícil encontrar un detalle que defina Umbrete por que no es el bar en el que las mujeres solas no son recibidas con buenos ojos, ni el prostíbulo donde, según me han contado, aun acuden algún padre con su hijo para que se desflore. Tampoco es indicativo que sea el único pueblo de la zona con un alcalde socialista pues aquí se vota más a una persona que a un partido. Se conocen todos.

Hoy, el día que llega la primavera, el pueblo organiza una fiesta en la casera popular para recibirla y Reyes hace de maestra de ceremonias. Valiente y barrigona. Cuando baja del escenario se cruza con las niñas de una de las escuelas de danza infantil que suben alegres a hacer sus piruetas y disfrutar de los aplausos. Casi tanto como disfrutan los orgullosos padres que no cesan de disparar fotos. Desciende con dificultad agarrándose a la barandilla y presionándose la espalda con a otra mano, como si de esa forma se le fuesen los dolores. “Uff, ¡me están matando los pies!” pero aun así, encuentra una sonrisa que viste elegante. Los siete meses se le notan bajo la holgada ropa y hace que los padres muestren orgullosos, a cada oportunidad, los retratos que le van haciendo a través de la piel. Ecografías los llaman. La futura bebé se mueve y da patadas y los padres están pletóricos, pero la madre no hace más que pensar en las horas que quedan para que todo este sarao se acabe. Falta todavía la actuación del grupo rociero y el recital poético. Reyes no puede esperar para regresar a su casa, a su sofá, y Mario sólo piensa en las paredes de la planta de arriba de casa, que tiene a medio pintar. Son los preparativos para la niña, aunque no han decidido cuál será su cuarto, y la casa está patas arriba.

Han pasado algunas semanas y el calor va y viene. Nadie se atreve aun a guardar la ropa de invierno a pesar de los calurosos amagos. Reyes ha dejado el trabajo temporalmente por el embarazo. La casa se llena de pintores y de familia que han venido a ayudar. Mover muebles, doblar ropa, cuidar a la niña y aliviarles de tareas del hogar. Yo aprovecho y hago una foto de familia en la puerta de casa.

Ha pasado el tiempo. Los meses han traído una nueva estación y mi seguimiento del embarazado ha sido continuo y peculiar, sin el orden impuesto en las otras historias y, quizá, es de quien más he podido ser testigo y de quien más me cuesta separarme, observar con distancia y contar.

No sólo he atestiguado el cambio de la casa, la ausencia del trabajo un mes antes del parto o las idas y venidas familiares para echarle un cable antes del parto. También los he visitado, cámara en mano, a cado rato que se podía. Una foto acá y otra allá. Y sin embargo, a pesar de conocer el pueblo, a pesar de la cercanía y de la inmediatez, ha sido en Umbrete el único sitio donde he encontrado problemas burocráticos para poder entrar a hacer fotos, con Reyes, a la consulta médica. Nos ha costado varios meses de marear la perdiz de acá para allá hasta que dimos con la persona adecuada que nos lo concedió. Y todo ello a pesar de contar con el beneplácito de la matrona, que estaba encantada desde el principio con el proyecto.

Me siento a escribir sobre Reyes y su pareja, Mario, un poco por obligación, por que debo, recogiendo este batiburrillo de notas tomadas a lo largo de varios meses, pero noto que aquí falta la magia, la chispa, que veo en ellos pero que me cuesta transmitir. Igual que cuando agarro la cámara y las fotos me salen… de otra forma. Demasiado cercano como para poder mirar con perspectiva. Y me marcho casi siempre reprendiéndome en silencio.

De nuevo ha pasado el tiempo y ha llegado el momento. Las últimas semanas han sido algo caóticas. Reyes y Mario han estado con un pie en su casa y otro en el de los padres de él, más cerca del Hospital, y la niña, por fin, ya tiene rostro, y no se parece a tintín, como veía yo en las ecografías primeras. Es morena y de largas pestañas. ‘Como un manojo de boquerones’ dice la enfermera, y allí estábamos los amigos para los ‘¡huy que guapa!’ y los ‘¡oe, qué linda!’ y los ‘pa’lo que necesites’, pero que sea pronto por que en dos días me marcho para Nueva York.

Se me acumula el trabajo y me siento de alguna forma como un padre multiplicado que no ha puesto ninguna semilla… Pero es que los he visto desde que eran apenas un proyecto que sólo entendía la razón pero no el cuerpo.

Ahora, por fin, Reyecitas no es un intangible y yo ya estoy ajustando los días para hacerle fotos a mi regreso.

MaTT

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La magia de Las Cajas Apiladas

Nueva York, 3 de abril de 2010

Extracto de la carta que he enviado a mi hermano Dani, que es arquitecto (este dato es importante), y a su pareja, Giuditta:

Hola Fratello;

Debe ser que estoy en la Gran Manzana y me siento algo ajeno, como exiliado, flotando en tierra de nadie. Es normal cuando uno marcha un tiempo fuera que se van perdiendo de a poco los olores y sabores propios, cotidianos, y son reemplazados por los foráneos de una forma gradual, casi sin percibirse el cambio. Por supuesto que en nuestro paladar queda aun el sabor de esa comida que tanto nos gusta, o nuestras pupilas recuerdan aquella otra luz, si no, no se explica que al regresar parezca de repente que uno no se ha marchado. Pero desde acá se siente de otra forma y uno está algo ajeno.

Nueva York es un lugar en que esta extrañeza se acentúa por que acá nadie es de ningún sitio sino de todos. Es una ciudad capaz de los mayores contrastes, desde la caricia más sutil hasta el odio más arisco y epidérmico. Aunque es más fácil encontrar lo segundo que lo primero. Es también una ciudad con algo de magia, aunque casi siempre es por que el viajero la lleva dentro. Así que no ha hecho falta más que creer en el trabajo de uno, en que va a salir bien y, por supuesto, no dejar de dar el callo, para que las cosas vayan cuadrando. Luego después llegan las casualidades.


La mía gira entorno a un museo cuyos arquitectos recién han ganado el premio Pritzker, los japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa. Estoy hablando del edifico del New Museum (www.newmuseum.org), al que llaman ‘Las Cajas Apiladas’, que al enterarme que estaba en NYC fui a conocerlo. Y acá comenzaron las señales.

La primera apareció al ver la dirección, la calle Bowery, que me trajo los ecos de una poesía. Un verso de mi amado Benedetti hablaba de los borrachos de la Bowery, lugar que hasta el momento nunca había conseguido yo ubicar. Pero esta magia es menor.

Luego llegó el yoga y ahí ya si comenzó la magia, la serendipia. Buscando mi embarazada acudí a unas clases de yoga para embarazadas que había encontrado al ir a visitar el edificio del museo, y bingo, allá encontré a Angie, embarazada de 15 semanas y que está deseando que comencemos con las fotos. Bueno, quizá el hecho de encontrarla atraído yo por el imán del museo sea casualidad/causalidad pero la magia cerró su círculo cuando le di la vuelta a la tarjeta que me ofreció al conocernos y vi que trabaja de directora de eventos del museo.

Me gusta este museo.


Sólo quería compartir la extraña magia que nació con la búsqueda de un edificio que me recordaba a vosotros, para hacerle una foto y enviárosla, y me llevó a una mujer para el proyecto de las embarazadas. Así que, por la parte que os toca, gracias por ayudarme a encontrar a mi embarazada neuyorkina.

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Por que he encontrado a alguien, he encontrado a Angie, Angie Nevarez. Sucedió casi sin querer, como dicen aquellos de espíritu romántico que suceden las cosas importantes en la vida.

Bueno, esto no es tan importante pero hoy, en este momento, tras estos días de búsqueda, encontrar a Angie ha sido un hito para mí.

Además ella cuadra con lo andaba buscando en casi todos los aspectos más allá de los requisitos mínimos operativos. O sea, está preñada de su primer bebé, que será niña, anda alrededor del fin del primer trimestre y están dispuestos, ella y su pareja, a aceptarme como intruso intermitente en su vida durante su embarazo y el parto. Además, es encantadora, franca y tiene una bonita sonrisa que le transforma completamente la cara.

Pero hay más. Puestos a pedir, antes de llegar, yo ya me fabricaba mentalmente una lista de los deseos, una serie de detalles que, de encontrarlos, ayudarían a marcar más el contraste entre civilizaciones y culturas. Bien, pues también los encontré en Angie. De entrada, está embarazada por inseminación artificial a sus 35 años y su trabajo, sus aficiones, el trabajo de su pareja y, sobre todo, sus orígenes, la hacen encajar perfectamente con esa idea preconcebida que traía de lo que debía ser una neuyorkina.

Pero vayamos por partes. Aquí van algunos datos aclaratorios usando el correo que me envió para presentarse ella y a su marido cuando aceptaron trabajar conmigo. Cito traducido:

Yo (Ángela, que es mi nombre real)
Familia: mi padre era mexicano y mi  madre es medio escocesa y medio polaca. Soy originariamente de Boulder, colorado y he estado viviendo en Manhattan desde 1998. Mi madre es una enfermera de partos y vive todavía en colorado. Es extremadamente difícil vivir lejos de mi madre. Mi abuela, a la que estoy muy unida, vive también en Boulder, y este será su primer bisnieto ¡Es muy excitante!

Vengo de una familia católica de cinco hermanas de la que soy la mayor y la primera en quedarse embarazada. En junio de 2007 murió mi hermana Victoria, de 29 años, en un accidente de bicicleta. Estoy considerando llamar a mi bebé como ella pero me preocupa cómo hacerlo sin molestar a mis otras hermanas.

Profesionalmente: Soy la directora de eventos especiales del New Museum, esto significa que organizo todas las fiesta y trabajo mañanas y noches hasta tarde. No estamos muy seguros cómo vamos a encajar un bebé en nuestro ya de por si ocupados horarios.

Richard (marido)
Familia: Su padre es alemán y su madre medio noruega y medio irlandesa. Él es originariamente de Schenectady, New York – 3 horas al norte de Manhattan -. Ha estado viviendo en Manhattan desde 1994. Su madre es una profesora de español retirada y que habla español con fluidez, algo que asombra a veces a la gente por que es rubia de ojos azules.

Su padre es un ingeniero retirado. Los padres de Rich son muy mayores. Él tiene una hermana más joven que tiene dos niñas de 10 y 8 años y están muy contentos por convertirse en tíos.

Profesionalmente: Rich tiene su propia compañía de producción, www.zoomari.com y habitualmente está viajando filmando principalmente conciertos.

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Esta última línea encierra el mayor problema que me he encontrado con esta pareja que vive cerca de Central Park, por el barrio de Woody Allen: Rich conoce tan bien el negocio de la imagen que le ocurre algo nada normal de encontrar para un fotógrafo, es un modelo ‘demasiado’ bueno.

Habitualmente, cuando se retrata a niños, éstos son tan inocentes ante la cámara, ante la idea de lo que implica una foto, que se muestra naturales, sin nervios. Hay un nivel posterior que se alcanza con la edad y que viene de conocer la fotografía como algo cotidiano. Pocos nos sentimos cómodos cuando estamos delante de una cámara, nos aparece la vergüenza y reaccionamos bloqueándonos como al que le apuntan con un arma. Pero Rich está en el nivel siguiente. Conoce tan bien el mundo de la imagen que constantemente intenta participar del proyecto aportando ideas y le cuesta fugarse a una realidad en la que yo sea un mero observador. Es un modelo consciente y proactivo que rara vez se relaja, pero no por incomodidad sino por que ve todo el proceso desde el punto de vista del fotógrafo.

Con Angie he tenido también la suerte de poder conocer y fotografiar el museo por dentro. Su lugar de trabajo y las exposiciones. Es un museo fascinante, tanto por el ‘envoltorio’ como por el contenido, que me ha hecho reflexionar sobre el sentido del arte moderno y ha sido un gozo como escenario fotográfico. Debe ser la magia de las Cajas Apiladas.

MaTT

NOTA: Esta entrada corresponde a abril pero no ha sido publicada hasta ahora, en julio.

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Dudas escénicas

Nueva York, 31 de marzo 2010

La luz es característica aquí. No es sólo que sea fría, más nítida, es también la forma en que rebota en la piel de los edificios, cómo esquiva las aristas de los rascacielos y crea sombras geométricas al otro lado del cristal de la ventana del tren.

Acabo de aterrizar en Nueva York (NYC), la mañana está fría y nos avisan por megafonía que el tren que nos trae del aeropuerto no funciona. En inglés y en castellano. Un bus le reemplazará el resto del camino. Todo se desarrolla de forma ordenada y cívica. La ciudad muestra sus arrabales, los edificios se suceden y comienzan a crecer en tamaño conforme nos acercamos a Manhattan. A mi mente, cansada tras el viaje en avión, esas construcciones se le antojan seres animados, durmientes pero vivos. En cualquier momento se levantarán, seguro. La misma sensación me ha nacido contemplando montañas que parecen dinosaurios enterrados, que algún día se despertarán rugiendo.

La ciudad se torna inabarcable poco antes de entrar en el túnel que lleva a Penn Station. Una vez allí, los edificios que hace un rato formaban el lejano perfil de la ciudad, ahora provocan tortícolis y juegan con los brillos de la luz en mi caminar.

En esta ciudad no existe el jet lag, simplemente no está permitido. Al bajar del avión uno se pega una ducha, come ligero y, al poner de nuevo los pies en la calle, se activa el modo recarga. La frase no es mía, sino de otro viajero que también me apuntó que esta ciudad no más que un gran escenario que, no sólo decora, es parte de la trama también. Y que se conoce, ya desde antes, sin necesidad de haber estado aquí, a través de películas y fotos, de las imágenes de esa, nuestra mitología moderna de cine.

“Mira, está es la Central Station de ‘Los Intocables de Elliot Ness’ y aquella la avenida de ‘Desayuno con diamantes’, ¿no? ¿No es ese aquel actor de esa película…? ¿Cómo se llamaba?… “
Pues eso.

No es la luz de esta ciudad lo que atrapa. Hay algo más y ya, antes de llegar, uno está entregado a la urbe, a la impresión perenne de que está viva y fuera de medida, a la sensación de conocerla sin haberla conocido, un permanente deja vu que no se abandona hasta que se toma el avión y se regresa rumiando lo vivido. O lo soñado.

De pie bajo los gigantes, parado, con una torticolis gozosa, bañado por el sonido constante de la vida, admiro el movimiento, los ruidos callejeros, la prisa y el bullicio, la energía en definitiva, que ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, y aquí lo hace a gran velocidad y con un flujo poderoso. Siento que me voy recargando. Me hará falta energía por que siento que me enfrento al reto más complicado de las cinco historias que componen este proyecto: encontrar embarazada en NYC, donde ninguna ONG me echará un cable y tendré que ir llamando de puerta en puerta para encontrarla.

Miro el pequeño mapa que me acompaña, uno que al cabo de los días habré marcado con localizaciones de hospitales, escuelas de yoga para embarazadas y centros de fertilidad en los que buscar. Está inmaculado aun, sin gastar, y sin embargo lo observo fijamente como si con ese gesto, así de fácil, fuese suficiente para encontrarla, pero sólo aparece una representación de Mahanttan, con sus calles y avenidas. Ya se irá llenando con marcas de los lugares donde buscaré, o habré buscado, señalados con una cruz a modo de localización de un tesoro que se resiste a ser encontrado. Pero eso será más adelante.

Ahora he parado a tomar algo caliente y a encontrar refugio en una cafetería. En estos primeros días el mal tiempo está haciendo que la búsqueda sea realmente incómoda. Debe de haber millones de mujeres embarazadas que estén en el final de su primer trimestre de gestación al otro lado del cristal de esta venta mojada por la lluvia, podría ser cualquiera de las miles que pasan ahora por la calle, ¿pero cómo llegar hasta ellas? ¿cuál elegir? ¿Cómo saltar por encima de esa inicial barrera de pudor y celo a la intimidad?

Hablo de la habitual reticencia estadounidense ante el desconocido que intenta entrar en su mundo, de la burocracia estructurada y necesaria para las más pequeñas tareas, de los formularios de descarga de responsabilidad y de las actitudes educadas y evasivas ante lo extraño, lo inusual o lo potencialmente peligroso. Y es muy importante dónde se pinta la línea que establece ese ‘potencialmente peligroso’. Uno puede llegar a sentir que es considerado culpable hasta que se demuestre lo contrario, pero eso si,  de forma muy educada.

En resumidas cuentas. La búsqueda está siendo complicada y pasada por agua. Tengo que escoger con tiento la primera impresión que quiero transmitir, cuidar al detalle la presentación, mi presentación. Un fotógrafo peludo español que llega, digamos, a una clínica, preguntando. “Hola, ¿tienen ustedes mujeres embarazadas de 13 semanas y primerizas?” No suele funcionar. Táctica errónea.

Clínicas de fertilidad, consultas de ginecología, clases para embarazadas de yoga o de danza… A pesar de escoger con cuidado el acercamiento a la ‘presa’, de seleccionar detalladamente mis palabras, suelen largarme con un ‘deje sus datos y le avisaremos’ o incluso ‘no tengo potestad para facilitarle esa información’. Sirva esta anécdota de ejemplo: llego al Soho. Una calle llena de galerías de arte y tiendas de ropa que se confunden unas con otras. Allá arriba, en la primera planta de un edificio de ladrillo rojo, está el cartel del centro de yoga que he venido a buscar. Llamo y abren. En la puerta me cruzo con una actriz conocida que sale del edificio. Llego a la recepción, una joven delgada y tatuada me recibe en silencio, expectante:

–              Buenos días, ¿qué tal? – Pregunto

–              Sana, ¿y tú?

–              Bien, gracias – respondo algo perplejo. – Quisiera hablar con la profesora de las clases de yoga para embarazadas (y le explico someramente el proyecto fotográfico)

–              No puedo tomar la decisión de dejarle pasar.

–              Pues déjeme hablar con alguien que pueda, por favor

–              Le agradezco que entienda mi posición, pero no puedo

–              No, no la entiendo

–              Pues le agradecería que la entendiese. Déjeme sus datos y veré qué puedo hacer. Que tenga un buen día. Gracias

Me mira con cara de márchese ya y que sepas que cuando te gires voy a romper la nota con tus datos. Pasamos unos segundos en silencio manteniendo la mirada. Intento una broma que le arranca una sonrisa pero me marcho con la sensación de que de aquí no saldrá nada.

Han transcurrido tres días de búsqueda y a medida que el clima mejora también lo hace mi ánimo. Albergo la esperanza de encontrar, por que este sombrío escenario que he dibujado, en Blanco y negro, no tiene tanto de negro como pudieran reflejar mis palabras. NYC es una ciudad extremadamente difícil pero también extremadamente cálida, dependiendo de los actores que participen en la película y en esto he tenido suerte por que en estos días de lluvia y pateo por las calles han cabido también amigos y la oportunidad de fotografiar una consulta ginecológica. Todo un despliegue de medios tecnológicos en una clínica privada en el primerísimo mundo. (Gracias Maaike, de nuevo).

Llevo tres días en Manhattan y no he encontrado embarazada y las dudas me siguen asaltando en este escenario, tan vivo y tan real.

Enrique Meneses me ha recordado a través de su blog el poder del optimismo, quizá por eso, no abandono  la esperanza…, pero son las dudas las que no me abandonan a mí.

MaTT

NOTA: Esta entrada corresponde a marzo pero no ha sido publicada hasta ahora, en julio.

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La casa de Sandy

Chincha Alta, 25 de Marzo de 2010

Al entrar en la casa se ven las grietas, los restos de lo que fue, del sufrimiento pasado, pero también se ven las obras de reconstrucción, los muros de ladrillo aun sin pintar y los sacos de cemento usados en la ampliación de la casa para que, cuando nazca el bebé, pueda vivir aquí, junto a sus padres y los abuelos.

Hay varios aparatos destripados en el 2º piso, un video viejo, dos amplificadores y una tele que el hijo mayor, Elvis, usa para practicar electrónica. De eso vive.

Desde la azotea de la casa se ven las azoteas vecinas, los árboles frondosos de hojas blanqueadas por el polvo que lo domina todo, los restos de la antigua construcción que aquí había , una tercera planta de adobe levantada sin columnas. Los hierros sobresalen del suelo retorcidos, oxidados, polvorientos. La dueña de la casa, Jova, me la ha enseñado anunciando qué es cada estancia con la tristeza de  lo que fue y se perdió y con una cierta vergüenza de saberse pobre. “Vamos reconstruyendo de a poquito”, me cuenta sin mirarme, “pero nos falta plata desde que despidieron a mi marido hace unos años”. Tras un silencio me mira fugazmente y emprende el camino de regreso escaleras abajo. En la planta baja nos esperan Sandy y Gaby en la cocina.

Gaby se ata la trenza criolla y la deja colgar a la espalda. Moja una bolsa de plástico y la aplica sobre el guiso, dentro de la olla de zancocho de papa. Un truco de la sierra para que tarde menos en hacerse la comida.  Es una olla express casera.

Sandy corta zanahorias y de vez en cuando se toca la parte baja de la barriga con la palma abierta. Un gesto que ha comenzado a hacer de manera inconsciente cuando aun no se cree del todo que vaya a ser madre. Apenas ha sufrido cambios físicos y todavía continúa con las mismas tallas de ropa. Sandy tiene 21 años y ha puesto en pausa sus estudios de enfermería  hasta que nazca el bebé. “Será niño, lo presiento”, me dice riendo con esa facilidad suya para la alegría.

Gaby es la tía de Sandy y convive algunos días con ella y con la madre de ésta, Jova, que es seria pero alegre, grave y tímida, con los restos de las batallas y los naufragios que le ha traído la vida marcados en la cara. Tuvo al primero de sus cuatro hijos cuando tenía 15 años y desde entonces, luchar para salir adelante, para sacarlos a ellos adelante, ha sido su constante. Ella quiere lo mejor para su única hija y por eso le nace el temor de que sea demasiado joven para esto.

“Cuando nació el primero yo tenía 17 años”, me contaba ayer Luis, el padre de Sandy, mientras copartíamos una gaseosa en su chacra (así llaman al terrenito en el campo), “y desde entonces tuve que asumir esa responsabilidad, no he dejado de luchar”. Se ve en su cara y en sus manos, en su mirada.

Fue así más o menos como comenzó la charla que tuvo con la pareja de su hija, Álvaro, que tiene 18 años no más. Álvaro agarró el toro por los cuernos cuando supo del embarazo y quiso lidiar de frente con su suegro y prometerle aceptar el compromiso y trabajar duro, como lo hace ya, de conductor, de sol a sol.

La cocina huele rico y las tres mujeres de la casa cocinan y trabajan en silencio. Sólo se escucha el ris-ras del arañar de las cacerolas, el zas-zas del corte limpio del cuchillo y el glub-glub del hervir, también los pasos tenues y los movimientos suaves de Gaby que va de un lado a otro con el sigilo de su sangre india. Su trenza negra y delgada como una culebra sigue colgando sobre sus anchas espaldas. Hoy toca arroz con pollo así que marchamos al mercado.

Sandy deambula entre los pasillos de los puestos, escoge los precios, charla, anda, esquiva, paga, ríe, carga, camina ligera. Aun puede. Lo único que denota el embarazo es esa mano sobre la barriga mientras está parada frente a un puesto, acariciando al bebito que está por llegar. Aun quedan seis meses.

Una vez de vuelta las mujeres continúan el trabajo en la cocina. Sandy arranca a cantar entre dientes. El pollo casi está a punto, Gaby se suelta la trenza, la casa está llena de vida y uno ya no presta atención a los sacos de cemento ni a las obras. La madre desaparece y regresa recién duchada y con una pila de ropa planchada. Se acerca y me ve tomando un retrato a su hija. Le pregunto. Me contesta. Parece que ya sí que se alegra de que su hija esté embarazada. Va a tener un nieto viviendo en casa. Está feliz.

Matt

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