Cinco embarazos en lo que dura una canción

Sevilla, 28 de enero de 2012

Es cierto, quizá un año y medio es demasiado para un blog, para que de una entrada a otra pasen tantos días, tantas cosas, pero (y aquí va la excusa) llegó un punto, casi al final, en que se aceleró todo, acercándose el momento de la expo, con tanto material y tanta experiencias… una pequeña vorágine vital. Incluso dejé sin publicar la última entrada, la de la visita a NYC y a Perú en Octubre a Bowe y a Álvaro, los bebitos peruanos y estadounidenses del proyecto. Aún duermen esas crónicas manuscritas en el cuaderno con la promesa de que algún día las publicaré. Quién sabe.

En todo este tiempo llegó la exposición, las palmadas en la espalda y los abrazos; el disfrute de un trabajo que llevó mucho tiempo acabar, largas sesiones de edición y selección, decisiones inseguras para alguien como yo que se estrenaba en estas lides. Y luego llegó el alivio, uno que siente como al quitarse unos zapatos que aprietan, el del trabajo que requirió demasiado y ya acabó. Y de repente hay que pasar página.

Ahora, desde aquí, uno mira para atrás y aquello lo hizo otro más capaz y con mejor ojo. Pero no, parece que no, que fui yo.

Este domingo 29 de enero el Semanal de El País publica un reportaje sobre el proyecto que da sentido a este blog y, acudiendo al material que en su momento usé para la exposición, rescato este video que se proyectó en la sala como complemento. Es un pequeño experimento que disfruté mucho montándo, pero no tanto como haciendo las fotos, no tanto como conociendo a esas cinco bellas damas que me abrieron su mundo y me hicieron crecer.

Muchas gracias a ellas, por todo.

… Y si quieres encontrarme, ya sabes:

www.josesalvadorgutierrez.com

MaTT

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PeRcepciÓn

Nueva York, 31 de julio de 2010


El autobús va lleno. Solo viajan negros y yo soy el único blanco, como en aquel otro autobús de África, la misma sensación, pero los de aquí son, por lo general, negros sobrealimentados con gorras de béisbol y zapatillas deportivas. Allí no había obesidad y sí ese cierto aire de modesta dignidad que da la pobreza. Hemos llegado. Es la parada de la esquina del Boulevard Malcom X con el de Martin Luther King Jr. Estamos en Harlem.

Por la noche, las calles no se vacían del todo, quedan sombras oscuras en puertas y esquinas. Sentados al fresco, negros y latinos buscan alivio al calor. Un local sin ventanas transmite las vibraciones de su música atenuada y la iluminación es escasa en la acera. Cuesta pensar que estemos en el primer mundo. Por un momento estaba en Malí. Debió ser una percepción intoxicada. Será que de noche, las ciudades, como los gatos, se confunden.

He vuelto a Nueva York para acudir a la fiesta de puesta de largo como padres de Angie y Richard, es lo que llaman el ‘baby shower’. Mi intención es escribir sobre Perú y la visita que le he hecho a Sandy esta semana pasada, pero si adelanto esto aquí, ahora, es para confesar que a estas alturas del proyecto, a veces, se me confunden los sentidos, se me altera la percepción y más que contar lo que veo escribo sobre lo que rememoro. Con todas las trampas que esto implica.

“¿Cómo puedes recordar los nombres de todos aquellos que encuentras?”, me preguntó hace semanas mi amigo Jose María, cerveza en mano, en una noche neuyorkina. No los recuerdo, no todos al menos, pero para eso tengo un cuaderno.
Un trago de cerveza y silencio. La cabeza se me puebla de recuerdos, de viajes y caras. Maldita esta memoria mía.
Observo la libreta que me acompaña y que desde el inicio de este proyecto se ha llenado de nombres y códigos propios en un intento de capturar lo esencial de cada una de las historias. Sin embargo, hay cosas que no se olvidan.

Perú.

De noche todas las ciudades son pardas.
Situado junto a la ventanilla del taxi, en la noche, por un momento no sé donde estoy. Es la misma sensación que se tiene a veces al despertar de una espesa siesta a deshoras. Algo que palpita detrás de la percepción me dice que es el cansancio acumulado pero esas calles de ahí fuera, mal iluminadas, podrían ser de cualquiera otro sitio, pero estoy en Perú. El taxista acelera. La música alta y el ritmo martilleante amplifican la sensación onírica. Es Perú, seguro, estuve con Sandy estos días. Es Perú. Casi seguro.

Ha pasado un año desde el primer viaje de este proyecto en el que seguir la gestación de cinco mujeres en cinco sociedades diferentes. En este tiempo he conocido ya a 3 de los bebés a los que he hecho seguimiento y los dos que quedan están en camino. Las diferencias y las similitudes que voy buscando, cámara en mano, han ido dejando un poso en mi retina y me han provocado preguntas sobre la capacidad de la fotografía para plasmarlas.

Sin embargo, hay cosas que no se olvidan. No se olvidan los nombres y las caras de las familias con las que trabajo. Me traje a Perú el recuerdo de Sandy para cotejarlo con lo que me encontrase, pero Sandy ya era otra. Me encontré a una mujercita con muchas ganas de convertirse en madre y una habilidad innata para serlo, con una barrigota de siete meses que no le ha borrado la energía para trabajar en la casa ni, tampoco, la sonrisa perenne colgada a su boca. Sin embargo, ella ya no es ella, es otra. Algo ha cambiado en su pose, en su mirada, y por supuesto en su físico. Es ya una madre, una a la que aun le quedan dos meses para serlo.

Hasta ahora el embarazo no le ha dado problema alguno pero si que ha tenido algún susto que le ha hecho acudir al médico para constatar que todo estaba bien. Y está bien. Una noche, en la puerta de casa y por el problema de un familiar con la policía, tuvo un enfrentamiento más o menos abierto con algún agente. Según me contó, la actitud de algunos de los policías que estaban en la puerta de casa chequeando al familiar era algo sospechosa. A ella le salió el nervio y se enfrentó a ellos. La cosa no fue a mayores pero si llegó a un contacto físico más o menos agresivo. El médico la tranquilizó al día siguiente, que estaba bien, que no debe preocuparse por nada con respecto al bebé que está por nacer, pero la no muy clara actuación de la policía le ha llevado a poner una denuncia que se tramita por cauces oscuros y tortuosos en los que, así me lo transmitió ella, unos policías se cubren a otros, usan la burocracia para enterrar la denuncia o acuden a amenazas soterradas. Pero ahí estaba ella, dispuesta a seguir adelante, valiente, segura, cabezota.

Una tarde la acompañé a la comisaría en lo que se estaba convirtiendo en una rutina diaria de burocracia y roces con la policía. Allá, en la desangelada comisaría, haciendo fotos subrepticiamente, escuchando el tono paternalista del policía que negaba los hechos, procuraba no tomar un partido claro, consciente de que mi percepción acerca de lo que era verdad estaba condicionada por mi cariño hacia Sandy y su familia. Y la percepción de la realidad no es la realidad ¿Realmente fue el encontronazo tal y como ella me lo contó o la historia del policía también alberga verdad?

Ese arrojo, esa valentía, también se le asoman cuando aborda su maternidad. Sabe que es difícil, que tiene riesgos, que su situación no es fácil con una pareja tan joven y en un entorno complicado, pero está decidida. Es la misma determinación con la que ya agarra al hijo recién nacido de su hermano al que la madre, de maquilladas uñas largas y risa pronta, que no tiene tan desarrollado como ella el instinto materno, le cuesta manejar con soltura. Estoy hablando de vacilaciones a la hora de cambiarlo, de darle de comer o de vestirlo. Estoy hablando de la facilidad de Sandy para voltearlo, agarrarlo, dormirlo o alimentarlo transmitiendo la seguridad, la alegría y la facilidad de una madre que ya ha tenido varios retoños. Aunque aun está esperando su primero.

Quedan dos meses, más o menos, para que eso llegue y no tiene problemas para dormir ni para moverse, y se alegra cuando el pequeñajo se hace notar prometiendo un futuro de karateka. Su marido, Álvaro, ha cambiado de trabajo y se está preparando para camionero. Ella ya habla de retomar la carrera de enfermería que dejó aparcada por el bebé, aunque no tiene prisa pero, de nuevo, si que tiene la determinación. La casa también ha sufrido cambios, tanto por la reconstrucción tras el remoto, que va despacio, como por la familia. Ahora Sandy y su chico ya tienen cuarto propio y el hermano y su mujer otro más grande al que tenían, que comparten con el recién nacido. El padre y el tío siguen viviendo con la abuela en la chacra, donde se reúnen casi todas las tardes. Son una familia unida que vive separada.­­­­­­­­

Desde que me marché me palpita en la cabeza una imagen de Sandy como madre.

Al marcharme me nació, en el avión de vuelta, como una certeza, como un recuerdo claro pero falaz, la imagen de que Sandy es ya madre. No soy consciente de dónde surgió. Sé que no lo es todavía pero en mi mente, de nuevo, se me alteraban las percepciones. No duró más que lo que lo hizo el viaje nocturno. Parecía un recuerdo claro, un mal sueño de cruzar fronteras en duermevela. No era el recuerdo de Sandy agarrando a un bebé que podría confundir como suyo, o cambiándole los pañales, no, era la evocación de una idea, la vaga certeza de que Sandy es madre. Mirando por la ventanilla del avión, viendo las nubes del amanecer disolverse sobre Manhattan, allá abajo, yo sabía que era una memoria antojadiza y mentirosa, pero era tan real…

De nuevo en Harlem. A veces encuentro el tiempo para acudir a las fotos que he estado tomando en Perú, pero es demasiado pronto. Cuando las miro, ¿qué realidad es esa? Hubo más de lo que aparece en las fotos, desde luego, eso siempre ocurre, pero el recuerdo visto a través de imágenes es como ver la propia casa de uno en una foto que otro ha hecho, quizá desde un ángulo insólito. Nos parece una casa más grande o más bonita vista desde allí donde nunca estamos. Es una realidad reconocible, pero diferente.

No es más que un juego de la percepción.

MaTT

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De lo que no se ve. Un estudio sobre la felicidad

Nueva York, viernes 9 de julio

“…Y esta pequeña parte de mí se llama felicidad.”
La frase no es mía, es la línea final de una peli que están dando en televisión, pero escucharla ha despertado esa pequeña parte de mí. Sonrío. Me miro la muñeca y reflexiono. Ahí aun resiste una pulsera amarilla en la que unas letras azules expresan el deseo de otra persona: “Quisiera encontrar tanto placer en las cosas como solía cuando era pequeño”. Es un anhelo precioso pero no sé a quien pertenece. La saqué de una exposición que he visitado en el New Museum. Allí, una sala alberga en sus paredes cientos de cintas de colores con deseos de visitantes. Al entrar, uno puede escribir su pequeño sueño en un papel, entrar en la habitación y buscar entre las esperanzas de otros, escritas en una cinta, elegir una y sustituirla por el papel. Deseo por deseo, bonito intercambio. Después, el museo convierte el papel en una de esas cintas de colores. La idea es atársela a la muñeca y mantenerla a modo de pulsera hasta que se rompa por el uso. En ese momento, el deseo ahí escrito, se convertirá en realidad. Será entonces cuando mi desconocido debería comenzar su regresión feliz.
Miro mi pulsera pensativo. Es una situación extraña. Me siento portador de la felicidad de un desconocido al tiempo que la felicidad de otro me hace feliz a mí. Y eso, ¿cómo lo saco en una foto? Angie, mi embarazada niuyorkina, también viste su propia pulsera, “quisiera un bebé saludable y feliz” reza la suya. Quizá eso si que pueda contarlo en imágenes, pero aun quedan dos meses para eso.

Angie y Rich me reciben por la mañana en su casa. Es cuatro de julio, día de la Independencia, y por tanto festivo. Aun así, están activos después del primer café y aprovechan tiempos muertos para adelantar trabajo, conectarse, comunicarse, decidir, definir, ultimar, adelantar, computar… Y en la tarde quieren hacer limpieza general en casa. A pesar de toda la actividad que se autoimponen, a pesar de la carga de trabajo que tiene ella últimamente en el museo, a pesar del ritmo acelerado que marca esta ciudad, a pesar de todo ello, me desarma la calidez de la sonrisa de Angie, que a sus 7 meses y medio de embarazo trasmite una buena vibra que hace que a uno se le olvide lo frenético del entorno.

En alguna conversación de las que tendría con ellos en días posteriores, Rich desgrana con su habitual energía, hablando de forma precisa y rápida, tocándose en un tic el puente de la gafas, que en Manhattan uno se acostumbra a vivir a una cierta velocidad, a hacer las cosas deprisa y, por tanto, a exigir la misma celeridad en la respuesta. ‘Si entras en una tienda y no te sirven rápido, de una forma instintiva piensas que algo no marcha bien’, me dice mirándome con grandes ojos azul claro. ‘No es sentimiento de superioridad ni competitividad, es el ritmo de la ciudad’, concluye.

Nueva York tiene una curiosa forma de ocultar parte de lo que palpita en ella: ponerlo delante de tus narices. Como aquel cuento de Poe, ‘La carta robada’, en la que la misiva del título estaba delante de las narices de todo visitante. Uno pasea por sus calles pero tiene constantemente la sensación de que algo se le escapa, que no se ve, de presente que está. Quizá el exceso de información, la saturación de los estímulos o la velocidad trepidante a la que ocurre todo puede ser un manto que invisibiliza, pero también tiene que ver con lo que uno está capacitado para ver. O fotografiar.

Pruebo a colocar el trípode en la acera para disparar con el obturador abierto un tiempo y, como resultado, en las fotos, los taxis dejan sus estela de luz a modo de sable láser, pero también la gente aparece en movimiento constante. Es la ciudad como un ser animado.

Ellos, Angie y Richard, lo llaman ‘estar en lo alto del juego’, una manera de pertenecer y permanecer, de sentirse parte, de ir encima de la ola ‘¿Cambiará algo ese ritmo cuando llegue el pequeño (o pequeña, por que prefieren conservar la duda hasta el final)?’ – Les pregunto sentado a su mesa. El cerebro de él es rápido en responder – ‘¡Seguro! Queremos irnos a las afueras, quizá comprar algo, cambiar un poco el ritmo, pero no será hasta que pasen dos años más. Estamos a gusto así’ concluye mirando a su pareja, que sonríe tranquila.

De nuevo las dudas sobre lo que cabe en una foto, por que noto algo imperceptiblemente físico que ha cambiado en ellos, en su forma de moverse, más reposada, más tranquila. Sobre todo de ella, aunque puede ser que el sol tenga algo que ver. Salimos a caminar y a disfrutar del día libre a pesar del calor. Me preguntan por las otras embarazadas que ya han dado a luz y hablamos de los cambios que noto en ellos. Angie sonríe. ‘Me siento más tranquila. Nada espectacularmente diferente, pero esta experiencia no la cambio por nada’, afirma ella –  ‘¿Has pensado cómo podrás compaginarla con tu trabajo en el museo y con el negocio que tienes de banquetes de boda? ¿Te has planteado cómo os va a cambiar a vida cuando llegue el bebé?’ – Le pregunto mientras buscamos la sombra de algún árbol. – ‘No queremos pensarlo, la verdad, aunque al principio seguro que dejaré el negocio de bodas y me tomaré los tres meses habituales en el trabajo, luego ya veremos…’ – dice tocándose la abultada barriga con una mueca algo infantil y sigue caminando en silencio, mirando los árboles. Es un día festivo.

La ciudad, ese ser vivo, se retuerce de calor. Durante el día las calles se vacían hasta la tarde. En la noche, los fuegos artificiales celebran la independencia americana. Sobre el asfalto, y bajo él, la gente camina deprisa, puntea en pantallas de móvil, se aísla con auriculares, toma taxis, conduce y sólo para cuando quieren avituallarse en algún puesto callejero. Únicamente los turistas se salen del ritmo. Únicamente los latinos sonríen abiertamente.

El New York Times ha publicado una editorial sobre la felicidad. Habla de un equipo de investigadores que la han estado estudiando durante años. Alguna de sus afirmaciones es que existe una relación directa entre riqueza y felicidad pero no es permanente, llega un límite en que se rompe la relación. Las naciones pobres se vuelven más felices al convertirse en naciones de clase media, pero, una vez que las necesidades básicas están cubiertas, nuevos ingresos tienen una débil correspondencia con la felicidad. Por ejemplo, continua el rotativo, Los EE UU es un país mucho más rico de lo que era hace 50 años, pero no se ha constatado un aumento en la felicidad general. En cambio, se ha convertido en una sociedad más desigual pero esto no parece haber reducido la felicidad nacional. Parece lógico. Igual que otra de las afirmaciones del estudio, que la correspondencia entre relaciones personales y la felicidad es directa y simple. Las actividades cotidianas más asociadas con la felicidad son el sexo, socializar tras el trabajo y cenar en compañía. Y aporta datos comparativos: Unirse a un grupo que se reúne al menos una vez al mes produce un incremento de bienestar similar a doblar los ingresos y casarse produce un beneficio psíquico equivalente a ganar más de 10.000$ (más de 7.000€) adicionales al año ¿Conclusiones? El éxito económico y profesional es superficial mientras que la felicidad que traen las relaciones interpersonales es profunda y duradera; y que la mayor parte de nosotros se preocupa por las cosas equivocadas.

Y yo me pregunto, ¿cómo se puede medir la felicidad? Y, si se puede medir, ¿se puede fotografiar?

Mi visita ha provocado que Angie retorne a las clases de yoga. Mucho trabajo y alteraciones en las costumbres, se excusa, han hecho que las haya dejado un poco de lado. ‘No va a venir nadie’, dice Mia, la profesora. ‘Es por este calor, la gente prefiere buscar sitios con aire acondicionado’. Se equivoca, pero no por mucho. Me siento privilegiado intentando ser sigiloso, haciendo fotos entre las tres embarazadas que se contorsionan en silencio, despacio, respirando, ommmm ¿Podrá una foto trasmitir esta tranquilidad?

Pasada una semana en Manhattan, en un rato libre, les echo un vistazo a las fotos. Son tan recientes que la edición se hace muy complicada. Me planto frente a esa gran cantidad de imágenes preguntándome constantemente, como un repiqueteo, qué es lo que quiero contar, lo que quiero transmitir, lo que aparece y lo que no aparece en la foto y cuál es mi estilo, si tal cosa existe ¿Qué verá alguien que la mire por primera vez y que no estuvo allí, que no olió, sintió, llegó hasta aquella imagen? Cierro el ordenador y decido dejarlas reposar hasta que regrese a España.

Antes de eso, me espera otra visita, esta vez a Perú, a Sandy, que debe andar también por los 7 meses. Luego regresaré a Nueva York e intentaré aprovechar para acudir a lo que aquí llaman el Baby Shower, una fiesta para la agasajar a la embarazada entre parientes y amigos. Luego regresaré a las fotos, con distancia.

Quisiera creer que si que hay intangibles que se pueden transmitir en fotos, y que yo soy capaz de hacerlas. Quisiera creer que se puede conseguir ser mas feliz, pero éste no fue el deseo que dejé en el museo. Aunque conseguirlo ayudaría.

MaTT

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Apuntes de Umbrete y sus Reyes

Umbrete, 1 de julio de 2010

¡Bum!

Así comienza la primavera en Umbrete

¡Bum! Otro cohete.

No sé que celebran pero sea lo que sea lo que festejan, a este domingo no le pueden faltar cohetes y fuegos artificiales. Y no le faltan. Algo menos de 10.000 habitantes y dos pirotecnias, un dato que puede dar una idea de la afición a la pólvora que tiene este pueblo tranquilo donde vive Reyes. Por que es tranquilo pero espero que a la futura bebita no le moleste le ruido. Por que será niña y ya han decidido el nombre: Reyes, igual que la madre. Pero para eso todavía quedan un par de meses.

A pesar de la cercanía, a Umbrete no le afectan demasiado los fastos y celebraciones de la vecina Sevilla, la capital. Cuenta en el calendario con sus propias fechas en las que se levanta y celebra. Una de ellas es la feria del mosto, en verano, con su toro de fuego (no podía faltar la pólvora), aunque el toro no es tal, sino un señor que se disfraza de toro cubierto de pirotecnia; y la banda música y la gran noche de fuegos artificiales. Otra fecha marcada es el Rocío que es quizá la que más pasiones despierta.
La mayor parte de los bares tienen una pizarrita dedicada a contar los días de forma regresiva hasta la fecha del Rocío, en mayo. Al llegar esas fechas el pueblo se paraliza y, durante varios días, se convierte en un pueblo fantasma. Se ausentan los romeros y las calles arden de calor y soledad.

Es también un pueblo de contrastes, donde la tradición agrícola y católica sigue marcando la pauta. Aun, en verano, los portales de las casas (solo hay un edificio) se pueblan de vecinos a tomar la fresca y charlar sobre lo que sea, habitualmente sobre los otros vecinos. Esta imagen coexiste con unas de las instalaciones deportivas más grandes y modernas de Sevilla, una biblioteca bien gestionada que pone la cultura en las manos de quien quiera acercarse, y se acerca, y una nueva oleada de forasteros que han venido para quedarse. Son en muchos casos jóvenes parejas que hacen buena esa idea que escuché en Nueva York, los down sizers. Viene a definir más o menos a personas con educación superior, que han vivido en la gran ciudad, trabajando en un buen empleo altamente remunerado y que deciden rebajar su exigencias materiales para irse a vivir cerca del campo, buscando otras cosas. Un mayor espacio en la casa, tomates que saben a tomates, otro ritmo y otra luz.

Es difícil encontrar un detalle que defina Umbrete por que no es el bar en el que las mujeres solas no son recibidas con buenos ojos, ni el prostíbulo donde, según me han contado, aun acuden algún padre con su hijo para que se desflore. Tampoco es indicativo que sea el único pueblo de la zona con un alcalde socialista pues aquí se vota más a una persona que a un partido. Se conocen todos.

Hoy, el día que llega la primavera, el pueblo organiza una fiesta en la casera popular para recibirla y Reyes hace de maestra de ceremonias. Valiente y barrigona. Cuando baja del escenario se cruza con las niñas de una de las escuelas de danza infantil que suben alegres a hacer sus piruetas y disfrutar de los aplausos. Casi tanto como disfrutan los orgullosos padres que no cesan de disparar fotos. Desciende con dificultad agarrándose a la barandilla y presionándose la espalda con a otra mano, como si de esa forma se le fuesen los dolores. “Uff, ¡me están matando los pies!” pero aun así, encuentra una sonrisa que viste elegante. Los siete meses se le notan bajo la holgada ropa y hace que los padres muestren orgullosos, a cada oportunidad, los retratos que le van haciendo a través de la piel. Ecografías los llaman. La futura bebé se mueve y da patadas y los padres están pletóricos, pero la madre no hace más que pensar en las horas que quedan para que todo este sarao se acabe. Falta todavía la actuación del grupo rociero y el recital poético. Reyes no puede esperar para regresar a su casa, a su sofá, y Mario sólo piensa en las paredes de la planta de arriba de casa, que tiene a medio pintar. Son los preparativos para la niña, aunque no han decidido cuál será su cuarto, y la casa está patas arriba.

Han pasado algunas semanas y el calor va y viene. Nadie se atreve aun a guardar la ropa de invierno a pesar de los calurosos amagos. Reyes ha dejado el trabajo temporalmente por el embarazo. La casa se llena de pintores y de familia que han venido a ayudar. Mover muebles, doblar ropa, cuidar a la niña y aliviarles de tareas del hogar. Yo aprovecho y hago una foto de familia en la puerta de casa.

Ha pasado el tiempo. Los meses han traído una nueva estación y mi seguimiento del embarazado ha sido continuo y peculiar, sin el orden impuesto en las otras historias y, quizá, es de quien más he podido ser testigo y de quien más me cuesta separarme, observar con distancia y contar.

No sólo he atestiguado el cambio de la casa, la ausencia del trabajo un mes antes del parto o las idas y venidas familiares para echarle un cable antes del parto. También los he visitado, cámara en mano, a cado rato que se podía. Una foto acá y otra allá. Y sin embargo, a pesar de conocer el pueblo, a pesar de la cercanía y de la inmediatez, ha sido en Umbrete el único sitio donde he encontrado problemas burocráticos para poder entrar a hacer fotos, con Reyes, a la consulta médica. Nos ha costado varios meses de marear la perdiz de acá para allá hasta que dimos con la persona adecuada que nos lo concedió. Y todo ello a pesar de contar con el beneplácito de la matrona, que estaba encantada desde el principio con el proyecto.

Me siento a escribir sobre Reyes y su pareja, Mario, un poco por obligación, por que debo, recogiendo este batiburrillo de notas tomadas a lo largo de varios meses, pero noto que aquí falta la magia, la chispa, que veo en ellos pero que me cuesta transmitir. Igual que cuando agarro la cámara y las fotos me salen… de otra forma. Demasiado cercano como para poder mirar con perspectiva. Y me marcho casi siempre reprendiéndome en silencio.

De nuevo ha pasado el tiempo y ha llegado el momento. Las últimas semanas han sido algo caóticas. Reyes y Mario han estado con un pie en su casa y otro en el de los padres de él, más cerca del Hospital, y la niña, por fin, ya tiene rostro, y no se parece a tintín, como veía yo en las ecografías primeras. Es morena y de largas pestañas. ‘Como un manojo de boquerones’ dice la enfermera, y allí estábamos los amigos para los ‘¡huy que guapa!’ y los ‘¡oe, qué linda!’ y los ‘pa’lo que necesites’, pero que sea pronto por que en dos días me marcho para Nueva York.

Se me acumula el trabajo y me siento de alguna forma como un padre multiplicado que no ha puesto ninguna semilla… Pero es que los he visto desde que eran apenas un proyecto que sólo entendía la razón pero no el cuerpo.

Ahora, por fin, Reyecitas no es un intangible y yo ya estoy ajustando los días para hacerle fotos a mi regreso.

MaTT

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La magia de Las Cajas Apiladas

Nueva York, 3 de abril de 2010

Extracto de la carta que he enviado a mi hermano Dani, que es arquitecto (este dato es importante), y a su pareja, Giuditta:

Hola Fratello;

Debe ser que estoy en la Gran Manzana y me siento algo ajeno, como exiliado, flotando en tierra de nadie. Es normal cuando uno marcha un tiempo fuera que se van perdiendo de a poco los olores y sabores propios, cotidianos, y son reemplazados por los foráneos de una forma gradual, casi sin percibirse el cambio. Por supuesto que en nuestro paladar queda aun el sabor de esa comida que tanto nos gusta, o nuestras pupilas recuerdan aquella otra luz, si no, no se explica que al regresar parezca de repente que uno no se ha marchado. Pero desde acá se siente de otra forma y uno está algo ajeno.

Nueva York es un lugar en que esta extrañeza se acentúa por que acá nadie es de ningún sitio sino de todos. Es una ciudad capaz de los mayores contrastes, desde la caricia más sutil hasta el odio más arisco y epidérmico. Aunque es más fácil encontrar lo segundo que lo primero. Es también una ciudad con algo de magia, aunque casi siempre es por que el viajero la lleva dentro. Así que no ha hecho falta más que creer en el trabajo de uno, en que va a salir bien y, por supuesto, no dejar de dar el callo, para que las cosas vayan cuadrando. Luego después llegan las casualidades.


La mía gira entorno a un museo cuyos arquitectos recién han ganado el premio Pritzker, los japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa. Estoy hablando del edifico del New Museum (www.newmuseum.org), al que llaman ‘Las Cajas Apiladas’, que al enterarme que estaba en NYC fui a conocerlo. Y acá comenzaron las señales.

La primera apareció al ver la dirección, la calle Bowery, que me trajo los ecos de una poesía. Un verso de mi amado Benedetti hablaba de los borrachos de la Bowery, lugar que hasta el momento nunca había conseguido yo ubicar. Pero esta magia es menor.

Luego llegó el yoga y ahí ya si comenzó la magia, la serendipia. Buscando mi embarazada acudí a unas clases de yoga para embarazadas que había encontrado al ir a visitar el edificio del museo, y bingo, allá encontré a Angie, embarazada de 15 semanas y que está deseando que comencemos con las fotos. Bueno, quizá el hecho de encontrarla atraído yo por el imán del museo sea casualidad/causalidad pero la magia cerró su círculo cuando le di la vuelta a la tarjeta que me ofreció al conocernos y vi que trabaja de directora de eventos del museo.

Me gusta este museo.


Sólo quería compartir la extraña magia que nació con la búsqueda de un edificio que me recordaba a vosotros, para hacerle una foto y enviárosla, y me llevó a una mujer para el proyecto de las embarazadas. Así que, por la parte que os toca, gracias por ayudarme a encontrar a mi embarazada neuyorkina.

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Por que he encontrado a alguien, he encontrado a Angie, Angie Nevarez. Sucedió casi sin querer, como dicen aquellos de espíritu romántico que suceden las cosas importantes en la vida.

Bueno, esto no es tan importante pero hoy, en este momento, tras estos días de búsqueda, encontrar a Angie ha sido un hito para mí.

Además ella cuadra con lo andaba buscando en casi todos los aspectos más allá de los requisitos mínimos operativos. O sea, está preñada de su primer bebé, que será niña, anda alrededor del fin del primer trimestre y están dispuestos, ella y su pareja, a aceptarme como intruso intermitente en su vida durante su embarazo y el parto. Además, es encantadora, franca y tiene una bonita sonrisa que le transforma completamente la cara.

Pero hay más. Puestos a pedir, antes de llegar, yo ya me fabricaba mentalmente una lista de los deseos, una serie de detalles que, de encontrarlos, ayudarían a marcar más el contraste entre civilizaciones y culturas. Bien, pues también los encontré en Angie. De entrada, está embarazada por inseminación artificial a sus 35 años y su trabajo, sus aficiones, el trabajo de su pareja y, sobre todo, sus orígenes, la hacen encajar perfectamente con esa idea preconcebida que traía de lo que debía ser una neuyorkina.

Pero vayamos por partes. Aquí van algunos datos aclaratorios usando el correo que me envió para presentarse ella y a su marido cuando aceptaron trabajar conmigo. Cito traducido:

Yo (Ángela, que es mi nombre real)
Familia: mi padre era mexicano y mi  madre es medio escocesa y medio polaca. Soy originariamente de Boulder, colorado y he estado viviendo en Manhattan desde 1998. Mi madre es una enfermera de partos y vive todavía en colorado. Es extremadamente difícil vivir lejos de mi madre. Mi abuela, a la que estoy muy unida, vive también en Boulder, y este será su primer bisnieto ¡Es muy excitante!

Vengo de una familia católica de cinco hermanas de la que soy la mayor y la primera en quedarse embarazada. En junio de 2007 murió mi hermana Victoria, de 29 años, en un accidente de bicicleta. Estoy considerando llamar a mi bebé como ella pero me preocupa cómo hacerlo sin molestar a mis otras hermanas.

Profesionalmente: Soy la directora de eventos especiales del New Museum, esto significa que organizo todas las fiesta y trabajo mañanas y noches hasta tarde. No estamos muy seguros cómo vamos a encajar un bebé en nuestro ya de por si ocupados horarios.

Richard (marido)
Familia: Su padre es alemán y su madre medio noruega y medio irlandesa. Él es originariamente de Schenectady, New York – 3 horas al norte de Manhattan -. Ha estado viviendo en Manhattan desde 1994. Su madre es una profesora de español retirada y que habla español con fluidez, algo que asombra a veces a la gente por que es rubia de ojos azules.

Su padre es un ingeniero retirado. Los padres de Rich son muy mayores. Él tiene una hermana más joven que tiene dos niñas de 10 y 8 años y están muy contentos por convertirse en tíos.

Profesionalmente: Rich tiene su propia compañía de producción, www.zoomari.com y habitualmente está viajando filmando principalmente conciertos.

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Esta última línea encierra el mayor problema que me he encontrado con esta pareja que vive cerca de Central Park, por el barrio de Woody Allen: Rich conoce tan bien el negocio de la imagen que le ocurre algo nada normal de encontrar para un fotógrafo, es un modelo ‘demasiado’ bueno.

Habitualmente, cuando se retrata a niños, éstos son tan inocentes ante la cámara, ante la idea de lo que implica una foto, que se muestra naturales, sin nervios. Hay un nivel posterior que se alcanza con la edad y que viene de conocer la fotografía como algo cotidiano. Pocos nos sentimos cómodos cuando estamos delante de una cámara, nos aparece la vergüenza y reaccionamos bloqueándonos como al que le apuntan con un arma. Pero Rich está en el nivel siguiente. Conoce tan bien el mundo de la imagen que constantemente intenta participar del proyecto aportando ideas y le cuesta fugarse a una realidad en la que yo sea un mero observador. Es un modelo consciente y proactivo que rara vez se relaja, pero no por incomodidad sino por que ve todo el proceso desde el punto de vista del fotógrafo.

Con Angie he tenido también la suerte de poder conocer y fotografiar el museo por dentro. Su lugar de trabajo y las exposiciones. Es un museo fascinante, tanto por el ‘envoltorio’ como por el contenido, que me ha hecho reflexionar sobre el sentido del arte moderno y ha sido un gozo como escenario fotográfico. Debe ser la magia de las Cajas Apiladas.

MaTT

NOTA: Esta entrada corresponde a abril pero no ha sido publicada hasta ahora, en julio.

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Dudas escénicas

Nueva York, 31 de marzo 2010

La luz es característica aquí. No es sólo que sea fría, más nítida, es también la forma en que rebota en la piel de los edificios, cómo esquiva las aristas de los rascacielos y crea sombras geométricas al otro lado del cristal de la ventana del tren.

Acabo de aterrizar en Nueva York (NYC), la mañana está fría y nos avisan por megafonía que el tren que nos trae del aeropuerto no funciona. En inglés y en castellano. Un bus le reemplazará el resto del camino. Todo se desarrolla de forma ordenada y cívica. La ciudad muestra sus arrabales, los edificios se suceden y comienzan a crecer en tamaño conforme nos acercamos a Manhattan. A mi mente, cansada tras el viaje en avión, esas construcciones se le antojan seres animados, durmientes pero vivos. En cualquier momento se levantarán, seguro. La misma sensación me ha nacido contemplando montañas que parecen dinosaurios enterrados, que algún día se despertarán rugiendo.

La ciudad se torna inabarcable poco antes de entrar en el túnel que lleva a Penn Station. Una vez allí, los edificios que hace un rato formaban el lejano perfil de la ciudad, ahora provocan tortícolis y juegan con los brillos de la luz en mi caminar.

En esta ciudad no existe el jet lag, simplemente no está permitido. Al bajar del avión uno se pega una ducha, come ligero y, al poner de nuevo los pies en la calle, se activa el modo recarga. La frase no es mía, sino de otro viajero que también me apuntó que esta ciudad no más que un gran escenario que, no sólo decora, es parte de la trama también. Y que se conoce, ya desde antes, sin necesidad de haber estado aquí, a través de películas y fotos, de las imágenes de esa, nuestra mitología moderna de cine.

“Mira, está es la Central Station de ‘Los Intocables de Elliot Ness’ y aquella la avenida de ‘Desayuno con diamantes’, ¿no? ¿No es ese aquel actor de esa película…? ¿Cómo se llamaba?… “
Pues eso.

No es la luz de esta ciudad lo que atrapa. Hay algo más y ya, antes de llegar, uno está entregado a la urbe, a la impresión perenne de que está viva y fuera de medida, a la sensación de conocerla sin haberla conocido, un permanente deja vu que no se abandona hasta que se toma el avión y se regresa rumiando lo vivido. O lo soñado.

De pie bajo los gigantes, parado, con una torticolis gozosa, bañado por el sonido constante de la vida, admiro el movimiento, los ruidos callejeros, la prisa y el bullicio, la energía en definitiva, que ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, y aquí lo hace a gran velocidad y con un flujo poderoso. Siento que me voy recargando. Me hará falta energía por que siento que me enfrento al reto más complicado de las cinco historias que componen este proyecto: encontrar embarazada en NYC, donde ninguna ONG me echará un cable y tendré que ir llamando de puerta en puerta para encontrarla.

Miro el pequeño mapa que me acompaña, uno que al cabo de los días habré marcado con localizaciones de hospitales, escuelas de yoga para embarazadas y centros de fertilidad en los que buscar. Está inmaculado aun, sin gastar, y sin embargo lo observo fijamente como si con ese gesto, así de fácil, fuese suficiente para encontrarla, pero sólo aparece una representación de Mahanttan, con sus calles y avenidas. Ya se irá llenando con marcas de los lugares donde buscaré, o habré buscado, señalados con una cruz a modo de localización de un tesoro que se resiste a ser encontrado. Pero eso será más adelante.

Ahora he parado a tomar algo caliente y a encontrar refugio en una cafetería. En estos primeros días el mal tiempo está haciendo que la búsqueda sea realmente incómoda. Debe de haber millones de mujeres embarazadas que estén en el final de su primer trimestre de gestación al otro lado del cristal de esta venta mojada por la lluvia, podría ser cualquiera de las miles que pasan ahora por la calle, ¿pero cómo llegar hasta ellas? ¿cuál elegir? ¿Cómo saltar por encima de esa inicial barrera de pudor y celo a la intimidad?

Hablo de la habitual reticencia estadounidense ante el desconocido que intenta entrar en su mundo, de la burocracia estructurada y necesaria para las más pequeñas tareas, de los formularios de descarga de responsabilidad y de las actitudes educadas y evasivas ante lo extraño, lo inusual o lo potencialmente peligroso. Y es muy importante dónde se pinta la línea que establece ese ‘potencialmente peligroso’. Uno puede llegar a sentir que es considerado culpable hasta que se demuestre lo contrario, pero eso si,  de forma muy educada.

En resumidas cuentas. La búsqueda está siendo complicada y pasada por agua. Tengo que escoger con tiento la primera impresión que quiero transmitir, cuidar al detalle la presentación, mi presentación. Un fotógrafo peludo español que llega, digamos, a una clínica, preguntando. “Hola, ¿tienen ustedes mujeres embarazadas de 13 semanas y primerizas?” No suele funcionar. Táctica errónea.

Clínicas de fertilidad, consultas de ginecología, clases para embarazadas de yoga o de danza… A pesar de escoger con cuidado el acercamiento a la ‘presa’, de seleccionar detalladamente mis palabras, suelen largarme con un ‘deje sus datos y le avisaremos’ o incluso ‘no tengo potestad para facilitarle esa información’. Sirva esta anécdota de ejemplo: llego al Soho. Una calle llena de galerías de arte y tiendas de ropa que se confunden unas con otras. Allá arriba, en la primera planta de un edificio de ladrillo rojo, está el cartel del centro de yoga que he venido a buscar. Llamo y abren. En la puerta me cruzo con una actriz conocida que sale del edificio. Llego a la recepción, una joven delgada y tatuada me recibe en silencio, expectante:

–              Buenos días, ¿qué tal? – Pregunto

–              Sana, ¿y tú?

–              Bien, gracias – respondo algo perplejo. – Quisiera hablar con la profesora de las clases de yoga para embarazadas (y le explico someramente el proyecto fotográfico)

–              No puedo tomar la decisión de dejarle pasar.

–              Pues déjeme hablar con alguien que pueda, por favor

–              Le agradezco que entienda mi posición, pero no puedo

–              No, no la entiendo

–              Pues le agradecería que la entendiese. Déjeme sus datos y veré qué puedo hacer. Que tenga un buen día. Gracias

Me mira con cara de márchese ya y que sepas que cuando te gires voy a romper la nota con tus datos. Pasamos unos segundos en silencio manteniendo la mirada. Intento una broma que le arranca una sonrisa pero me marcho con la sensación de que de aquí no saldrá nada.

Han transcurrido tres días de búsqueda y a medida que el clima mejora también lo hace mi ánimo. Albergo la esperanza de encontrar, por que este sombrío escenario que he dibujado, en Blanco y negro, no tiene tanto de negro como pudieran reflejar mis palabras. NYC es una ciudad extremadamente difícil pero también extremadamente cálida, dependiendo de los actores que participen en la película y en esto he tenido suerte por que en estos días de lluvia y pateo por las calles han cabido también amigos y la oportunidad de fotografiar una consulta ginecológica. Todo un despliegue de medios tecnológicos en una clínica privada en el primerísimo mundo. (Gracias Maaike, de nuevo).

Llevo tres días en Manhattan y no he encontrado embarazada y las dudas me siguen asaltando en este escenario, tan vivo y tan real.

Enrique Meneses me ha recordado a través de su blog el poder del optimismo, quizá por eso, no abandono  la esperanza…, pero son las dudas las que no me abandonan a mí.

MaTT

NOTA: Esta entrada corresponde a marzo pero no ha sido publicada hasta ahora, en julio.

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La casa de Sandy

Chincha Alta, 25 de Marzo de 2010

Al entrar en la casa se ven las grietas, los restos de lo que fue, del sufrimiento pasado, pero también se ven las obras de reconstrucción, los muros de ladrillo aun sin pintar y los sacos de cemento usados en la ampliación de la casa para que, cuando nazca el bebé, pueda vivir aquí, junto a sus padres y los abuelos.

Hay varios aparatos destripados en el 2º piso, un video viejo, dos amplificadores y una tele que el hijo mayor, Elvis, usa para practicar electrónica. De eso vive.

Desde la azotea de la casa se ven las azoteas vecinas, los árboles frondosos de hojas blanqueadas por el polvo que lo domina todo, los restos de la antigua construcción que aquí había , una tercera planta de adobe levantada sin columnas. Los hierros sobresalen del suelo retorcidos, oxidados, polvorientos. La dueña de la casa, Jova, me la ha enseñado anunciando qué es cada estancia con la tristeza de  lo que fue y se perdió y con una cierta vergüenza de saberse pobre. “Vamos reconstruyendo de a poquito”, me cuenta sin mirarme, “pero nos falta plata desde que despidieron a mi marido hace unos años”. Tras un silencio me mira fugazmente y emprende el camino de regreso escaleras abajo. En la planta baja nos esperan Sandy y Gaby en la cocina.

Gaby se ata la trenza criolla y la deja colgar a la espalda. Moja una bolsa de plástico y la aplica sobre el guiso, dentro de la olla de zancocho de papa. Un truco de la sierra para que tarde menos en hacerse la comida.  Es una olla express casera.

Sandy corta zanahorias y de vez en cuando se toca la parte baja de la barriga con la palma abierta. Un gesto que ha comenzado a hacer de manera inconsciente cuando aun no se cree del todo que vaya a ser madre. Apenas ha sufrido cambios físicos y todavía continúa con las mismas tallas de ropa. Sandy tiene 21 años y ha puesto en pausa sus estudios de enfermería  hasta que nazca el bebé. “Será niño, lo presiento”, me dice riendo con esa facilidad suya para la alegría.

Gaby es la tía de Sandy y convive algunos días con ella y con la madre de ésta, Jova, que es seria pero alegre, grave y tímida, con los restos de las batallas y los naufragios que le ha traído la vida marcados en la cara. Tuvo al primero de sus cuatro hijos cuando tenía 15 años y desde entonces, luchar para salir adelante, para sacarlos a ellos adelante, ha sido su constante. Ella quiere lo mejor para su única hija y por eso le nace el temor de que sea demasiado joven para esto.

“Cuando nació el primero yo tenía 17 años”, me contaba ayer Luis, el padre de Sandy, mientras copartíamos una gaseosa en su chacra (así llaman al terrenito en el campo), “y desde entonces tuve que asumir esa responsabilidad, no he dejado de luchar”. Se ve en su cara y en sus manos, en su mirada.

Fue así más o menos como comenzó la charla que tuvo con la pareja de su hija, Álvaro, que tiene 18 años no más. Álvaro agarró el toro por los cuernos cuando supo del embarazo y quiso lidiar de frente con su suegro y prometerle aceptar el compromiso y trabajar duro, como lo hace ya, de conductor, de sol a sol.

La cocina huele rico y las tres mujeres de la casa cocinan y trabajan en silencio. Sólo se escucha el ris-ras del arañar de las cacerolas, el zas-zas del corte limpio del cuchillo y el glub-glub del hervir, también los pasos tenues y los movimientos suaves de Gaby que va de un lado a otro con el sigilo de su sangre india. Su trenza negra y delgada como una culebra sigue colgando sobre sus anchas espaldas. Hoy toca arroz con pollo así que marchamos al mercado.

Sandy deambula entre los pasillos de los puestos, escoge los precios, charla, anda, esquiva, paga, ríe, carga, camina ligera. Aun puede. Lo único que denota el embarazo es esa mano sobre la barriga mientras está parada frente a un puesto, acariciando al bebito que está por llegar. Aun quedan seis meses.

Una vez de vuelta las mujeres continúan el trabajo en la cocina. Sandy arranca a cantar entre dientes. El pollo casi está a punto, Gaby se suelta la trenza, la casa está llena de vida y uno ya no presta atención a los sacos de cemento ni a las obras. La madre desaparece y regresa recién duchada y con una pila de ropa planchada. Se acerca y me ve tomando un retrato a su hija. Le pregunto. Me contesta. Parece que ya sí que se alegra de que su hija esté embarazada. Va a tener un nieto viviendo en casa. Está feliz.

Matt

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Mirando entre las grietas del terremoto

Chincha, 23 de marzo de 2010

Hay vida. Aquí hay vida, aunque si uno se empeña en hacer sólo fotos de lo obvio, de lo llamativo, pareciera que el terremoto de hace tres años hubiese devastado la ciudad. Pero incluso así, con esas imágenes en la mano, la vida se desenrosca y, sin necesidad de observar demasiado, con sólo prestar un poco de atención, entre las ruinas, entre los muros de adobe caídos, entre las fachadas sin pintar de ladrillos mellados, aparece un jardín de macetas que una señora encorvada y correosa riega con primor. Un oasis entre los escombros.

Pero éste es un engaño del que escribe, un recurso fácil para resaltar la destrucción aún patente en los edificios. Claro que hay vida y si no, basta con observar cualquier esquina de la ciudad, que se puebla de atascos y pitos, de paseantes que se activan cuando el sol se esconde y pueden encontrar algo de frescor en la tarde de domingo. Pero es cierto que la ciudad sigue mostrando las grietas y las ruinas.

Despegué desde España el día del padre en lo que podría ser un guiño, no buscado, a este proyecto. Son cosas que uno reflexiona después. Causalidad más que casualidad. Por que las nubes no tiene forma de dragón, ni la mancha en la tostada es la siueta de una virgen y si lo es, es por que nosotros lo creamos, lo creemos. Es causalidad, un juego de la percepción.

Entonces uno llega a Perú con la maleta llena de conocimientos previos, de estadísticas, lecturas, con los ecos de las noticias de aquel terremoto de 8 grados en la escala de Richter que convirtió los edificios en castillos de naipes sobre una mesa de tren. Y no importa que haya estado acá antes, que haya visto las grietas en las paredes, las ruinas, la reconstrucción, y haya escuchado los lamentos y los estremecedores recuerdos de cómo fue aquello (*). No importa por que ahora vengo con otra lente, buscando vida, intentando aprehender lo que entonces no pude. Quizá vaya tras una casualidad, quizá mi propia percepción de esta realidad, intentado saltar por encima de las ruinas, de obviar el terremoto y sus consecuencias evidentes. Así que callo y observo. Dedico los primeros días a salir con las manos en los bolsillos, a sentarme en los bares, a espiar conversaciones de la mesa de al lado, conocer los giros, las expresiones, la luz tan especial de los días con garúa y a disfrutar de los amigos que ya tenía aquí de antes.

Escribo desde Chincha alta, a un centenar de Km. al Sur de Lima. Pero es en Pueblo Nuevo, localidad vecina y siamesa, donde estoy inmerso en la búsqueda de una embarzada, la primera de las dos de esta aventura americana de Luz al Mundo que recién ha comenzado.

Esta zona del Perú no es sólo conocida por el terremoto, también por ser el corazón afro de Perú donde el baile y el cante se acompaña con cajones, zapateo y un ritmo marcado por quijadas de burro golpeadas con un palo. Cuando los colonos camparon a sus anchas por esta zona prohibieron los tambores por lo que el cajón y la quijada y el zapateo crearon su música, esa que no ha abandonado nunca a los afros  de la zona.

Como ha sido la tónica habitual hasta ahora en cada uno de los países del proyecto, lo primero ha sido encontrar un hilito, pequeño, fino, tenue, desde el que comenza a tirar y de esta forma he ido a través de una asociación de mujeres y de comedores sociales, de hospitales públicos y paritorios privados y del boca a boca, delimitando las condiciones, explicando una y otra vez, desgranando el proyecto, sonriendo, asintiendo, escuchando, convenciendo, buscando.

Carla es joven y con dos niños. Es una matrona, obstetriz la llaman acá, algo autoritaria y resuelta pero que trata con gran cariño a sus pacientes, que no siempre confian en ella debido a una tradición por la que aún dan a luz en casa.

Y ha sido gracia a ella (y a todos los que me han ayudado a llegar a ella), que se ha remangado y me ha ayudado a desempolvar expedientes, que he podido seguir jugando. Fue Carla quien, tras husmear entre las millones de fichas, encontró Sandy a quien conoceré en la tarde y que parece estar dispuesta a que sea su espía particular.

Ahora me toca observar otra vez, pero ahora a través de la cámara. Observar si, de nuevo, hay cosas que no cambian de sociedad en sociedad, como la cara de miedo y vértigo del padre primerizo ante la aventura que le espera. Quizá piense en ello por que justo ahora alguien me ha recordado lo bonito del vértigo, de despegar las alas y echar a volar aunque tengamos la cabeza puesta en un aterrizaje muy forzoso.

Y como si de otro recordatorio se tratase, el terremoto sigue presente en los carteles que indican las zonas seguras en caso de seismo, en las paredes derruidas, en las calles polvorientas con ruinas amontonadas en un rincón, en las conversacines de la gente. “Quizá sea lo mejor que nos ha podido pasar”, me decía una mujer, “así puede ser que aprendamos a reconstruir usando buenos materiales y de mejor forma”.

Y como si de un recordatorio de tratase, esta tarde, la tierra tembló de nuevo a pocos km. de aquí, parecía que alguien me agitaba la cama. Nada serio, pero, ¿y si llega otro como aquel?

Matt

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(*) Estuve por acá hace una semana grabando un reportaje sobre la labor de reconstrucción que están haciendo un grupo de alcaldes de la principal zona afectada por el seísmo. No tiene aún fecha de emisión pero será antes de la primavera. Así que atentos a vuestras pantallas, Canal Sur 2, o en esta web.

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Las cabras se esconden tras los muros

Kafara, 4 de febrero de 2010

En octubre, la última vez que visité Kafara, había un muro vegetal que nos aliviaba con su humedad, justo aquí, al lado de esta casa con tejado de caña y chapa. El mijo y el trigo estaban crecidos, más altos que yo, y el poblado se veía verde, frondoso, lleno de vida. Los caminos para andarlo parecían laberintos trazados arbitrariamente entre altas paredes verdes.

Si julio era la época de lluvias y octubre la época de los mosquitos, la de recolectar el maíz, ahora es la época seca, la época fría la llaman, y en las calles se arremolinan nubes de polvo que bailan libres, sin parapetos vegetales. Atrás quedó la época de la cosecha. Hasta Junio no lloverá de nuevo y el agua se esconde bajo tierra, accesible a través de pozos. Por la noche se agradece dormir ligeramente tapado pero durante el día, el viento levanta un polvo seco y fino y el sol cae sin piedad, vertical, caliente, desagradable. El poblado parece desolado y la vida hay que buscarla en la sombra. Cabras que buscan resguardo en el breve oasis solar que produce un viejo muro derruido, burros que se escabullen en pequeñas chozas y los hombres, mujeres y niños se reúnen bajo la sombra a conversar, comer o descansar. A esperar la tarde.

Por las mañanas, Denny lava la ropa, prepara el desayuno, ayuda a su madre con sus hermanos y con el bebé, que va pasando de unas manos a otras alternándose en su cuidado. Poco ha cambiado su rutina tras el parto. Antes, todo era trabajar duro y ahora, lo mismo, aunque el trabajo queda reducido al ámbito casero. Ya no hay que recolectar o sembrar, ni hay que ir a llevar comida al padre que está lejos trabajando. Ahora, la labor es moler el grano de Karité que ha pasado los últimos meses secándose en silos escavados en el suelo, o hacer cuerdas retazos de plásticos y retales vegetales, hacer faenas de la casa o recoger leña.

Sin embargo, sí que hay más tiempo libre para socializar. Las madres recientes se reunen para amamantar a sus bebés, hacen bromas, se ayudan mutuamente.

Si antes, ya convertido en el fotógrafo del poblado, me pedían constantemente fotos (‘fotota, fotota’ me gritaban), ahora van más allá y lo que me piden es una foto con el bebé, como si de una atracción turística se tratase. Como esas siluetas de cartón de las ferias, con el dibujo de un guerrero o cualquier otro personaje, en las uno pone la cabeza para hacerse una foto. Todas quieren una foto con el bebé y, por supuesto, que se las mande. Al menos eso me ha parecido entender.

En esta ocasión me he traído un pequeño, simple, diccionario de bambara. Las expresiones básicas y esas cosas. Útil cuando quiero expresar algo pero nada que hacer cuando son ellos los que comienzan a hablarme, raudos y coloquiales, animados por mi osadía y supuesta habilidad en su lengua tras haber dicho con éxito una palabra. Entonces, la expresión más usual, la más útil que he aprendido, es ‘nma famú’ que viene a ser algo así como ‘no me entero un comino de lo que me dices’. Eso sí, debe de decirse siempre sonriendo.

A pesar de todo conseguimos comunicarnos con esas pocas palabras que sé, que siempre celebran con algarabía, y con el lenguaje universal de los signos. Tocarse el estómago para decir que estaba muy rico, que estoy lleno o que tengo hambre. Agachar ligeramente la cabeza con la mano en el pecho para agradecer, señalar la cámara y mostrársela para pedirle permiso para hacer una foto, y sonreír, sonreír siempre, en cualquiera de las opciones.

También les gusta ponerme a prueba. Una vez que descubren algunas palabras y expresiones usuales intentan incluirme brevemente en las conversaciones, en los ritos, como el de dar gracias cuando se acaba de comer (abarka) o responder a la retahíla de salutación que repiten cada vez que se ven. También me descubro a veces asintiendo con la cabeza como si les entendiese y uso, al azar, alguna expresión en bambara, un ‘si’, un ‘no’ o un ‘no hay problema’ según me lo diga la intuición. Y si estallan en risas es que me he equivocado. Puro azar.

Y si hay lengua universal que puedo usar acá es la imagen, la fotografía. No sólo me piden que les haga fotos, quieren verlas. Ahí si que nos entendemos. No se cansan de ver fotos. Las que les he hecho u otras que tenga en el ordenador. Generalmente les provoca mucha risa verse. Y mientras, yo, que las uso para aprender de ellos, para entender los ritos, las costumbres, las tareas, las relaciones, me siento como un espía aceptado, como un antropólogo sin estudios, como en una canción africana de Sabina, y me formo mis propias teorías, esperando poder plasmarlas en imágenes.

Me sorprende el poco pudor a la hora de amamantar a los bebes comparado a cómo es India. Aquí se sacan un pecho y click, una foto, dos quizá; los chavales me persiguen como el fan que sigue a su ídolo y click, click, fotos de africanitos. Ya sé que es un recurso fácil y trillado pero, ¿qué fotógrafo se resiste a hacerle fotos a los niños en África? A este bebito también hay que cambiarlo. Sus heces son tan claras que al principio no caí en que lo fueran, sino algún tipo de crema. Y nada de pañales. Clilck, click click. Los hermanos que cuidan de su menor, como es tradición, a pesar de que casi siempre andan a gritos, bromas o regañinas, algo que es universal, y ahí estoy raudo con la cámara. Menudo privilegio. Descubrir extrañado a Denny amamantando a su bebé y, al lado, la madre de Denny amamantando a su hijo, el hermano de Denny, click, click, o encontrar prácticas soluciones a problemas propios, reciclajes ingeniosos y una percepción de la vida atada a la tradición y ajena a las prisas. Requeteclick.

Hoy es el último día. Me marcho de vuelta a Bamako y de allí, apenas sin transición, de vuelta a España. El final de la primera etapa de este viaje con cinco embarazadas. El resorte de la melancolía aún no me ha saltado aunque alguna noche lo he buscado cuando se ponía el sol y me sentía tranquilo. Esta tarde cuando volvía me iba despidiendo mentalmente de estos árboles, de estas sonrisas luminosas y algo infantiles, de la familia de Denny, que ha tostado cacahuetes para mi despedida a modo de agradecimiento, de la luz horizontal de la tarde, cálida y rojiza, y respondo con una sonrisa cuando me preguntan si volveré. No sé. Pero por ahora nada de añoranza.

Si alguna vez he sentido algo parecido ha sido al verme en fotos por que, tanto la familia de Denny como la que me acoge, me han pedido fotos con ellos. Les enseñé el manejo básico de mi cámara, vencí mi natural rechazo a aparecer en mis imágenes y sonreí lo que pude.

Sé que es lo normal, que la melancolía y los recuerdos aparecerán luego, sin llamarlos, de vuelta a casa. Una noche, una vigilia, o tal vez en un viaje junto a una ventanilla cualquiera, seguro que recordaré no se qué de este periplo. Alguna certeza de lo que fui, de lo que viví, que ahora se me escapa. Quisiera que fuese ahora, pero ná de ná ¿Qué voy hacerle?, me dibujaron así.

Quizá hayan sido el asiático y el africano los lados del proyecto más complicados por la comunicación. Mis escasos conocimientos de Hindi (o de Tamil, que es la lengua nativa de Vinotha) o de Bambara, han hecho complicado comunicarme. Poder decir, mira, volveré esta tarde, o me gustaría venir al despertar o en la hora de la siesta, o poder transmitir mi preocupación por un tema o por el otro. Hubiese sido más fácil todo sin en vez de la mímica puedo decirles con palabras a los chavales que se salgan del cuadro o que no posen, poder explicarles lo que veo o preguntarles sin tener que adivinar a cada momento.

Eso sí, así ha sido de lo más divertido.

Veremos cuáles son los retos que se me presentan en las parte americana del proyecto, que comenzará en marzo. Espero.

MaTT

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Días como éstos

1 de febrero de 2010

Es curioso como es un viaje, un desplazamiento físico, geográfico, con el viento en la cara y los oídos copados por el monótono ronroneo de un motor trabajando, el que me ayuda a ubicarme al principio de la aventura. En esta ocasión ha sido el viaje de Bamako al poblado de Kafara, de nuevo en la moto de Dicko, el que me ha hecho sentirme ya en África.

Por el camino paramos en algún poblado a comprar pan y aprovisionarnos de comida para la gran familia que somos, en esas pocas casas, donde me espera mi embarazada, Denny, y con todo ello, más lo que ya llevábamos, mi mochila, mi bandolera y el macuto de Dicko, seguimos camino. Y sigo sorprendido de la habilidad local para conducir.

“My mama told me, There will be days like this…” voy tarareando sentado atrás en la moto. No es casual que la canción de Van Morrison venga a mi cabeza. Casual como esas otras que uno no sabe ni cómo ni por qué se descubre tarareando, incluso alguna de aquellas que no te gustan, que aborreces y que, sin embargo, la tienes en los labios de forma inconsciente. No es el caso, ésta la he elegido yo, “ mi madre me dijo que habrá días como éste”. La he elegido por que, ya sabes, habrá días como éste.

“when it´s not always rainin’, / cuando no está lloviendo siempre,

there will be days like this / habrá días como este,

when there is no one complainin’, / cuando nadie se queja,

there will be days like this / habrá días como este,

and everything falls into place, / y todo encaja en su sitio,

like the flick of a switch, / como el chasquido de un interruptor,

well, my mama told me, / bien, mi mama me dijo

there will be days like this. / que habrá días como este.”

http://www.artistdirect.com/artist/videos/van-morrison/469988-489800-1

Es que todo fue sobre ruedas desde el principio. El día antes de viajar a Mali la pasé en un Londres de clima helado que, aun en la soleada mañana, tan soleada como puede estarlo esta ciudad en un domingo de invierno, no impedía a la gente salir a la calle, a pasear por Hyde Park. Y yo los miraba ¿Quienes son estos? ¿Son cómo aquellos que dejé ayer en India? ¿Podrían ser cómo esos que me voy a encontrar mañana en Mali?

El sol se pone mientras peregrinos llegados de toda India se zambullen bajo las olas. Es un rito sagrado anaranjado por los últimos rayos de un sol que nació en un mar, cruzó por un océano y muere en otro mar. Unos se hacen fotos, otros venden recuerdos, ellas visten sharis y ellos bigote casi siempre, y hay una cierta sensación de magia en el aire.

Desde una mesa rústica de madera, junto a un gran ventanal, en una cafetería ecologista de moda en Notting Hill, observo a modernas familias jóvenes bajarse de su coche ranchera para pasar la mañana en el parque con su peque; también a bebedores matutinos de cerveza de orejas coloradas haciendo las primeras bromas del día entre codazos, a jóvenes y delgadas mujeres haciendo footing, las galerías y los restaurante para burgueses de clase media-alta se preparan para el domingo, abriendo sus puertas hacia salones decorados bajo filosofía feng shui, y personas-isla paseando arriba y abajo, resguardados tras sus auriculares, apenas mirando de lado al que pasa.

Es hora de parar para comprar vituallas. Casetas fabricadas con restos de chapa y madera, un negro grande, con un palo y un trozo de tela rojo deshilachado, maneja el tráfico y a los peatones bajo el sol en esta parte de la autopista y el viento, mientras, no para de levantar y mover polvo, áspero y seco, que se cuela por todos sitios. “No es un buen día para comprar carne en la calle”, me dice Dicko al parar el motor. Grandes piezas de carne despellejadas cuelgan expuestas. De repente, en un segundo, la moto parada, conmigo en ella, se rodea de niños y jóvenes buscavidas ofreciendo agua, recarga de móvil o extendiendo latas vacías hambrientas de donativos. Soy un ‘tubabu’, un blanquito.

Y en India, En Inglaterra y en Mali, es la foto del deportista local del momento la que abre la primera página de la prensa.

Muchos datos, mucho cambio en poco tiempo, mucho contraste para mi cuerpo.

Y ahí estaba la primera señal, esperándome en el aeropuerto de Bamako. Mi mochila llegó conmigo y me quiñaba un ojo desde el carrusel sin caballitos que es la cinta de equipajes, algo sorprendente teniendo en cuenta los últimos viajes. Luego llegaron más pistas del buen día que nacía: el papeleo de la visa fue rápido y sencillo, el viaje en taxi tranquilo y sin necesidad de regatear, la gente del hotel no me esperaba pero me recordaba con cariño con lo que me abrieron la puerta de una habitación con cama de matrimonio cuyos brazos me abrazaron sin reservas hasta que, en la mañana, me despertó Dicko ofreciéndose para llevarme a Kafara. Espera, antes el desayuno, que ya humea sobre la mesa. Nos fuimos en moto y yo me sentí libre y pleno durante un rato.

Todo encajando en su sitio como el chasquido de un interruptor, pero, ya sabes, mi madre me decía que siempre habrá días como éste.

Y hoy es un día como éste.

Dos noticias me aguardaban al llegar a Kafara agazapadas tras tanta bonanza. Foré, el enfermero del hospital, cuya familia me acogía habitualmente y por quien tome el nombre de Foré Samaké, ha muerto hace un mes. La familia ha optado por marcharse a otro poblado. “Ahora estamos melancólicos”, me ha dicho el Doctor Bissan mientas contemplaba las fotos que les he traído en papel y en las que aparece sonriente con Foré, hombro contra hombro.

La otra noticias es que Denny, mi embarazada, tampoco lo es ya. Tuvo a su bebito, y ésto, junto con el anticipo en el parto de Vinotha, me obliga a replantearme muchas cosas.

El problema no ha sido que el tiempo (el cronológico) sea percibido acá de forma diferente, algo flexible. No es algo que ‘ocurre’ independiente a nosotros, es algo que no ‘pasa’ mientras no ocurre algo. No, el problema ha sido otro. Desde el principio, el médico me avisó de que todas las estimaciones apuntaban a un febrero bien avanzado como el momento del parto pero, y este ‘pero’ es el importante, no se puede saber con exactitud el momento por que las misma futuras madres no llevan cuenta de las faltas ni se preocupan de que al estar embarazadas deban cuidarse. Tener un hijo aquí es un proceso más natural, más animal, más ancestral. Hacen lo que han hecho siempre, hacen lo que sienten. Con estos mimbres y la tecnología local, la fecha del parto es una estimación basada en dilataciones, modificaciones del peso y otras observaciones médicas alejadas de la precisión matemática. Así que tenemos una hembra nacida a los ocho meses y medio, parece ser, pero que se ha adelantado casi dos meses sobre los cálculos del doctor y la matrona. De todas formas es linda, ¿eh? Se llama Awa.

A veces son los hechos, testarudos ellos, los que te obligan a modificar esa realidad que te has fabricado y por la que te riges. Ahora, con Denny y con Vinotha ya madres, quizá el proyecto tenga que evolucionar e incluir, no sólo la gestación, sino al bebé ya nacido. Y puede que sea incluso mejor. Bueno, ya pensaré en ello.

Para eso uso a la fotografía, para aprender a través de ella. Para eso y para recordar, incluyendo a aquellos cercanos que se han marchado. Esta noche recordaré a Foré mirando ese cielo nocturno que él solía ver, negro y punteado de luciérnagas estáticas y silenciosas, galácticas, y le dedicaré una canción de Van Morrison. Luego silencio.

Ojalá, tras días como éste, lleguen de nuevo días como los otros.

MaTT

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Sorprender no es un verbo

28 de enero de 2010

Amaze, que según el fantástico diccionario Inglés – Español que no me acompaña pero que he podido consultar on-line, cómo voy a hacerlo desde India si no, Amaze significa sorprender. O sea, un verbo. Sorpresa es la que yo tuve al llegar a la India y encontrarme que mi embarazada india  ya no era tal y había dado a luz semanas antes.

Sorpresa la que tuvieron que pasar la madre y la familia de ésta cuando, tras la celebración de fin de año, ya de madrugada, comenzaron las contracciones. Deprisa para el hospital, que está cerca.

Así que Amaze es como se llama el niño. Peludo, rubicundo, pequeñín y llorón.

Ya en mi última visita la doctora me comentó que probablemente se le adelantaría el parto, pero no que naciese con 8 meses. Lo esperábamos para principios de febrero y yo no he llegado a tiempo.

“Aun no me siento como una madre”, me dijo el primer día, tardando un segundo o dos más de lo habitual en mirarme al comenzar a hablar y pidiendo una disculpa con los ojos. Cómo si eso fuese instantáneo, cómo si tras los ocho meses de llevarlo dentro ya debería saber como se hace un biberón o qué significan cada uno de sus llantos y parecía sentirse culpable.

A través de mis visitas durante el embarazo he visto poco cambio personal en Vinotha y aun es una joven ilusionada con su moreno príncipe de Dubai, con el habla por teléfono todos los días y que volverá, por primavera, para cumplir esa promesa de llevarse a su recién formada familia a esa nueva Camelot de modernos cuentos de Cenicientas y Caballeros con turbante. Quizá deban esperar algo más pues ahora, el intenso calor, parece ser un problema para el bebé.

Mientras ese momento llega y no, el bebito es cuidado por tres generaciones de mujeres que pasan el día en casa, bañándolo, alimentándolo, mimándole, untándole con aceite de coco mientras le cantan canciones que pasan de madres a hijas y maquillándole como acá es costumbre.

Según es tradición, hasta pasados 41 días tras el parto, Vinotha no podrá salir a la calle a no ser causa mayor, y siempre acompañada, así que madre, abuela y bisabuela de Amaze pasan el día en el hogar con el bebito, entretenidas además en los quehaceres de la casa o charlando, hilando fábulas entre ellas, buscándose, por ejemplo, una novia India con la que me pueda quedar a vivir en este país, una vez casados, o llevarmela como esposa de vuelta a España. No entienden que quiera conocerla antes, esperan que, hablándome de sus méritos, vendiéndome su juventud y belleza, debería poder decidirme. Una chica con 17 años, graduada en no se qué, bellísima, por que además es pariente de la familia… – Por ejemplo. En India, los matrimonios se arreglan entre las familias.

Cuando estaba embarazada no podía salir sola de casa y ahora, simplemente, no puede salir. Además su hombre está lejos y con él su cabeza y alguna que otra parte del cuerpo que está tras el pecho. Las costumbres locales la agobian, sueña con ser enfermera en Dubai y aún no sabe muy bien como manejar a su bebé, cosa que su madre y abuela hacen con la soltura de quien ha tenido varios hijos. Vinotha agradece mis visitas pero, de alguna forma no verbal, sentimos ambos que esto se acaba, que ya no tendrá más visitas de un fotógrafo español al que su madre querría ver casado con una India, ni la agobiará más con fotos, pero tampoco sabe ella si estará acá en breve, que su vida cambia y, como pasa cada vez que se acerca algo deseado, la impaciencia reclama su lugar. Quizá por eso este último viaje a la India es tan raro también para mí, o quizá por que no esperaba al bebé y he tenido que replantearme el enfoque o por que los últimos días Vinotha ha estado enferma con fiebre y no es cuestión de molestar demasiado. Sea por la razón que sea mis visitas están siendo más cortas y ahora, cerca de la fecha de vuelta, se me ocurre que se ha ido este viaje en un suspiro. Hace poco que llegué y ya estoy empaquetando, con el pensamiento puesto en Malí, próximo destino, y en Deny, mi embarazada africana.

Pero prometo intentar hacerle caso a la madre de Vinotha y no olvidarles.

MaTT

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Sueño

25 de enero de 2010

Dejo atrás una Europa lluviosa y fría.

El avión para en Londres y agradezco el recio abrigo y la compañía de amigos. Una sola noche con pocas horas para dormir, pero siempre hay tiempo para una cerveza.

Al llegar me sobra ropa, el recio abrigo ahora es una carga, los amigos están lejos y mi piel clara destaca como una mancha de sangre en la nieve.

Más que calor es la humedad la que hace que se me pegue el textil a la piel. Más que la humedad es el cansancio el que me pide agua. Muchas horas de vuelo, cambio horario y cansancio acumulado. Los últimos días no fueron tranquilos. Necesitaba días de más de 25 horas.

Trivandrum, última parada antes de llegar a Kanyakumari. Busco un hotel en la noche, agotado, con pocas ganas de regatear. Creo que el hombre del rick-saw que me trae desde el aeropuerto lo sabe. Intenta cobrarme de más.

La cama no es de las mejores, pero es una cama. Dulces noches sin sueños a pesar de los mosquitos.

No sé qué hora es al despertar pero sí que es el día de reencontrarme con las Hermanas de Santa Ana, que me acogen en su residencia, y, más tarde, será con Vinotha, mi embarazada India. En la calle el sol, potente, me deslumbra. Parece un territorio desconocido para el que mi cuerpo no está acostumbrado. Un gran salto de estación en poco tiempo.

Pero si que conozco esto. Ya estuve acá antes, dos veces, y ahora lo recorro sin sorpresa.

Tengo un único temor, no llegar a tiempo y que Vinotha ya haya dado a luz. Espero que no, sale de cuentas en febrero.

En el tren me voy calmando, siento el cuerpo más descansado, miro por la ventanilla y saludo, fotografío, escucho música, sueño.

Es bueno estar de vuelta.

MaTT

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Pero… ¿Quién es profeta en su tierra?

18 de enero de 2010

La parte más difícil está en casa por que nadie es profeta en su tierra.

De todas las historias que componen (compondrán) este proyecto fotográfico es ésta, sin duda, la sevillana, la más difícil de realizar. Con toda la cercanía y las facilidades que existen, quien lo diría.

Todo esto es por que ya hay, ya tengo, ya cuento en el proyecto con una tercera embarazada, de Umbrete a más señas, un pequeño pueblo del Aljarafe Sevillano de algo menos de 10.000 habitantes, aquí al lado, cerquita de casa. Allá va el primer problema.

Ella se llama Reyes y su chico Mario. Una pareja joven que ya está practicando para convertirse en orgullosos padres de un niño buscado y deseado. Por que será niño según lo siente la madre. Esas cosas se sienten, dice.

Reyes es, además de todo, amiga mía y aquí radica el segundo de los problemas. La cercanía, la facilidad, la complicidad impiden el aislamiento y la concentración que provocan los viajes necesarios en las otras historias. De cerca que lo tengo lo pongo lejos, se me escabulle entre la cotidianidad, entre los quehaceres diarios, entre las citas de agenda, buscando huecos. Hoy no, mira, que esta tarde tengo lío, ¿mañana tal vez? Espera, avísame cuando tengas médico que quiero ir contigo, pero avísame con tiempo que me organice… Estas cosas no pasan cuando estoy de viaje, en India tal vez. Allá me dedico a ello, acá busco huecos. Pero, poco a poco, va saliendo.

Reyes acaba de terminar el primer trimestre de gestación y he ido haciendo fotos en visitas recurrentes, en asaltos tardíos y nocturnos, ajustando agendas, pero siento (y creo que sentimos) que estamos haciendo algo bonito, pero no tanto como lo que sienten que les espera. Ya han comenzado a planear y a remodelar el cuarto, la barriga aún no es barrigota pero ya se nota y las primeras ecografías han traído la imagen de un bebito con flequillo de Tintín, gafas de sol y postura de tomar el sol. Bueno, eso es lo que a mi me parece, pero debe de ser mi imaginación.

Ojalá saque la sonrisa de su madre, que es bonita y franca. Tiene Reyes también desparpajo y poderío, como se dice en el sur, y tanta prudencia al hablar como aguda es en observar. Todas las papeletas para convertirse en una madre prudente y firme. Su padre, en cambio, puede que le inculque algo de esa gran pasión suya por la lectura. Quién sabe en qué acabará de adulto, y aún es pronto para pensar en ello, pero no le faltará una buena educación y mucha música de Bunbury si sigue los pasos de sus padres.

De igual forma que me cuesta hacerles un seguimiento a estos tan cercanos, también me cuesta encontrar los momentos para sentarme a alimentar este blog y, esto es peor aún, qué contar, discerniendo entre lo que es paja y lo que es importante, entre lo que es puramente personal y lo que puede ser interesante.

Esta vez me he quedado corto. Ya iremos viendo en qué quedan las próximas entradas.

MaTT

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Sobre gatos, indios y mentes bienpensantes

31 de octubre de 2009

Hace tiempo vivía con un gato. De entrada nos llevábamos mal, no se me acercaba él a mí ni yo a él. Luego recuerdo encontrarnos tumbados en el pasillo un día de verano, cerca las caras, observándonos, acostumbrándonos al otro. Fue la primera vez que entendí por qué en algunas religiones los consideran dioses.
Ahora en India siento a los indios como a aquel gato. No nos tumbamos en el suelo pero sí que se hace necesario que pase el tiempo y estemos juntos para que nos conozcamos. Para mí es una suerte poder tener este tiempo.
El primer día con Vinotha, mi embarazada india, estaba ella nerviosa. Por un lado se siente presa de las mentes biempensantes locales teniendo a un hombre en casa mientras su marido está lejos. Por otro, no deja de ser incómodo que venga un hombre a hacerte fotos de tus días normales como si fueses un especimen. Tras varios días juntos, sin embargo, se ha acostumbrado más a mi presencia que a los dimes y diretes de las chafarderas locales y ya no se incomoda cuando saco la cámara. Aunque su madre me sigue tratando inevitablemente como un invitado especial y a cada rato me ofrece comida, bebida o a su nieto para que me lo lleve a España.

India 2 -0916- Nikon

Fue el padre quien me enseñó el camino a su casa. Uno que consume menos tiempo caminando que en coche y evita así el rodeo de cruzar por debajo de las vías para llegar a casa de Vinotha.
Ahora que lo conozco, cada mañana he salido a la búsqueda de su casa y aparece ella preñadísima. Está de 24 semanas pero activa y ágil. Le gusta India 2 -0764- Nikonbailar y cantar con los ritmos de la tele pero ya no es lo mismo que antes del embarazo, me dice, cuando no se veía gorda y pesada, ni le costaba sentarse.
También ayuda en casa y habla por teléfono mientras pasea en derredor del patio. No hace mucho más, tampoco hay mucho más que hacer y está mal visto que una embarazada salga sola y menos a determinadas horas. Le propuse que fuésemos a esa orilla sagrada en Kanyakumary, a la que los turistas indios vienen a bañarse en sus aguas marinas por que la creen sagrada al ponerse el sol, pero no debe estar fuera de casa cuando oscurece.
Son esas costumbres las que quiere dejar atrás.

India 2 -0322- Nikon

El padre, los días que no llueve, sale a trabajar en su bicicleta, a cortar troncos y, en los momentos muertos, echa el rato jugando a las cartas cerca de casa, sentado en el suelo con los amigos bajo algún árbol.
La madre, el hermano, la hermana que aún vive con la familia y el hijo de ésta echan las horas con la embarazada en la casa, bien mirando la televisión (cuando hay electricidad), cocinando para la siguiente comida, limpiando el patio, o simplemente hablando y cuidando del pequeñajo. Akil se llama y es un chaval inteligente.

India 2 -1268- NikonEn estos días que hemos pasado juntos y gracias al inglés, que habla decentemente, he ido descubriendo que en realidad es una chiquilla de 24 años ansiosa por descubrir un mundo, con su reciente marido, al que ya tuvo oportunidad de echarle un vistazo estudiando y trabajando en Bombay.
Se conocieron cuatro días antes de casarse pero, a pesar de que fue una boda concertada, el matrimonio, el embarazo del primer bebé y la anunciada mudanza de la pareja a Dubai, donde trabaja el marido, son hoy la ilusión de su vida. Ella dice que hasta que apareció su macho no había conocido varón y éste mantiene viva la ilusión de recién casados con llamadas telefónicas diarias y enviándole autorretratos de enamorado, montado en su camión con gafas oscuras de matón o posando con ropa recién comprada.
No se volverán a encontrar hasta abril, cuándo él venga para llevárselos volando hasta Dubai en sus brazos, a ella y a su bebé. Así lo ve ella, su príncipe azul que la va a sacar de aquí. Y en tres años a por el segundo bebé.

El parto se espera para finales de enero o principios de febrero. Sí, eso es: el futuro padre se lo va a perder y, antes de eso, también el ritual de los siete meses. Se supone que hasta ese momento del embarazo la mujer vive con la familia de él, que es cuando la de ella aparece para llevársela de vuelta.
Como rito, la mujer recibe de regalo una pulsera con campanitas que suenan para que el bebé se acostumbre al sonido de su madre.
En esta ocasión la historia está un poco modificada: El padre del niño no estará, la madre de él murió y sus familias parecen no llevarse del todo bien. O eso entendí. El inglés de Vinotha no siempre es claro ni, lo que me cuenta, completo. Habrá rito pero quedará dentro de la familia de ella.

India 2 -0615- Nikon

Mirando hacia atrás en corto, hacia mi reciente llegada a Kanyakumari, ese día que perdí esperando la mochila parece haber estado predestinado, por que de no haberlo gastado en Trivandrum lo habría hecho acá.
Al llegar acá fui a visitar al hospital a la joven india con nombre de cámara de fotos pues ese mismo día le dieron de alta por infección intestinal grave (¿demasiada coincidencia?) y me pidió que no comenzásemos con las fotos hasta la mañana siguiente. Necesitaba reposo. De haber llegado antes no hubiese podido pasar de visitarla en el hospital. Al menos estuvimos hablando, reencontrándonos.

Aparte de este pequeño inconveniente, el embarazo se está desarrollando bien. La doctora ya le ha hecho alguna radiografía pero, como estipula la ley, no le ha revelado el sexo del feto. Ella lo prefiere así. “Se perdería la sorpresa en el parto. Sería muy aburrido, ¿no?” Pero está convencida de que será un niño, con la piel más blanca que ella y mucho más blanca que la de él. “Y encima no para de moverse”

India 2 -0914- NikonLas monjas me siguen preguntando si creo en Dios y no pierden la esperanza de que encuentre el camino, pero el reencuentro ha sido hermoso. Nada más dejar la mochila en el suelo quise darle a la hermana Elsi el beso que no pude darle, por recato social, al despedirnos en mi última visita. Se lo debía, pero también fue la alegría de verla. Luego, tras ponernos al día, les entrgo las fotos que traía para ellas. Entonces se observan risueñas, sin coquetería, y me lo agradecen como saben, con mucho cariño.

Ciertas cosas han cambiado ligeramente. El patio de la residencia está más florido, algunas hermanas están ausentes y el clima se ha tornado más lluvioso que en mis recuerdos, pero el mayor de todos los cambios ha sido mi percepción de Vinotha.

India 2 -1493- Nikon

Aparte del obvio cambio físico he descubierto a una chica risueña y juguetona que, aunque casada y embarazada, no se ha despegado de la adolescencia. Una de estas mañanas vino a visitarla una vecina arrugada y celosa, una viejita metomentodo, atraída por la noticia de mi presencia. Mientras hablaba conmigo como si fuese capaz de entenderla, mi embarazada, tras de ella, le hacía burlas hasta que la vecina se giraba, entonces le sonreía amablemente. Cómo me hubiese gustado en ese momento, tener la confianza de pedirle un retrato a la viejita y, en inglés, a Vinotha, que repitiese las cucamonas. Hubiese sido un fotón, ¡je!

MaTT

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Paciencia y libros, música y ventanillas

27 de Octubre de 2009

Soy consciente de que en India lo que no soy capaz de ver va mucho más allá de lo que alcanzo a percibir. Y lo que puedo capturar con la cámara es aún menor. Pero es ésta una de las formas que tengo de aprender: fotografiar. Antes de venir a este subcontinente no conocía nada de él y ahora, pensando en las fotos que quiero tomar, en las que he tomado y en las que no busco pero encuentro, descubro que poco a poco voy hallando pistas, cosas que intuyo mientras voy desmigando la realidad y así es más fácil asimilarla.

India 2 -0170- Nikon

Estoy ya en India pero aun no he llegado a mi destino. Escribo desde laP1020157 estación de autobuses de Trivandrum, atestada de gente que me observa como hacemos con lo desconocido. Unos más descarados y otros de refilón. Acá soy un occidental con mochila y cámara que espera uno de esos viejos autobuses saturados de pasajeros y que procura decir gracias en su idioma, que es lo único que sé. Y ellos, al final, sonríen ¿Quién no ha hecho sentirse como un extraño a alguien alguna vez, o se ha sentido como tal?

Todavía me falta este trayecto más, un viaje en bus hasta Kanyakumari, porque el camino me está tomando los tres días previstos más uno que se ha comido la burocracia aeroportuaria. Definitivamente mi maleta tiene una P1020142vida propia que yo no controlo. A veces decide quedarse cuando yo continúo o seguir viajando cuando yo no ando. Quizá la próxima vez debamos viajar juntitos, en la bodega de equipajes, o ponerme toda la ropa encima al volar y así no facturar nada.

En esta ocasión ella se quedó en Chenai mientras yo, con cara de imbécil y muy mosqueado, discutía en Trivandrum con la compañía aérea por un papeleo del que no me informaron. Un día perdido pero ya tengo mi maleta. Ahora dormiré abrazado a ella.

Está siendo un largo viaje. Paciencia y libros, ventanillas y música, habitaciones baratas de hotel cerca de aeropuertos, en una burbuja en la que el tiempo no transcurre más que en las notas de la banda sonora para este paisaje cambiante y para los posos tristes de mi reciente incursión al Tokio de Murakami. Me dejo llevar por la belleza de lo que veo y por la música. P1020190Saco la cabeza por la ventanilla cuando puedo y a la alma viajera le crecen flecos que bailan al viento como las tiras de papel pegadas al ventilador. ¿Quién tiene prisa? Mejor no tenerla aquí. Nada ocurrirá antes por ello. Sin embargo, siento la única prisa de poder pasar tiempo con mi embarazada.

En India las cosas van despacio. Ésto es algo que no se ve en las fotos. La vida transcurre a una velocidad que permite desgranar la realidad y asumirla lentamente, pero primero tiene que adecuarse uno, frenar un poco, poner el pie en tierra y no impacientarse. De esta forma, cada palabra, como las pulsaciones del piano de Thelonious Monk, que prevalecen aun en el silencio, contiene una imagen más nítida. Sobre todo si las escoge Muñoz Molina.

“Algo imposible hubo siempre en la música de Monk, una cualidad tortuosa y chocante que durante muchos años desconcertó a quienes la escuchaban y todavía mantiene el filo de la novedad. La pulsación de una sola nota basta para identificarlo. Delicadeza y disonancia se superponen provocando ondulaciones sonoras que duran en los espacios de silencio. Con cuatro o cinco notas ya se ha establecido una melodía que tiene una parte de dulzura y otra de burla y una tentativa al vacío.”

 

Vuelvo a leerlo.
Después pulso play y a través de mi auriculares ese negro grande, vestido con bonete, toca para mí ‘Misterioso’ y le siento sonreír cerca del borde, en esa tentativa burlesca al vacío.
Le viene bien esa música a este lugar en que los hombres miran como gatos. 

 

P1020145

Tampoco aparece en las fotos esta parsimonia viajera, que me permite borrarme de a poco de mi vida normal y encontrar otros caminos que de otro modo no reconocería. Asimilar el cambio gradualmente, cambiar de ritmo, mirar el reloj de otra forma, desconectar. Lo necesito para poder entregarme a mi embarazada, hacer sitio para lo que venga, para aprender sus señales y sus ritos, y conocer a su familia y que ésta se acostumbre a mí, para aprenderme el camino de su casa. En mi última visita apenas tuve oportunidad.

La primera vez que fui sólo en busca de Deny, mi embarazada africana, eran las cinco de la madrugada, por un camino que el día antes había intentado memorizar para andarlo en la oscuridad de esa hora. Sólo se escuchaba al imán llamando a la oración y en algunas casas bailaba en la pared, a través de la ventana, la luz tenue de una vela. Luego lo he andado otra veces, se ha convertido en conocido y en mi última visita lo contemplaba como el que regresa a su antiguo barrio pero ya no lo ve con los ojos de entonces.

Podré fotografiar el camino que lleva a su casa, pero la sensación de andar en terreno conocido se sale de foco.

En algún momento de espera, en alguna de las etapas de este viaje, me fui al mar. En su orilla los novios se hacían arrumacos vestidos hasta los tobillos, se multiplicaban los puestos de helados y había pescadores vendiendo su género al borde de la carretera, pero nadie se bañaba. El dedo me hacía cosquillas y la cámara quería salir de su bolsa. Acabé en la cocina de un restaurante intentando captar esa luz tan bonita que venia del mar. 

India 2 -0123- Nikon

Esperar no se me da mal pero ya anhelo, de cerca que está, encontrarme con mi embarazada.

Matt

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Disgresión

3 de Octubre de 2009

Me gusta pasear por Bruselas, por amplias calles limpias, por sus jardines. Levantar la cabeza para contemplar las ventanas de sus áticos y esa peculiar mezcla de casas antiguas junto a otras remedadas por un arquitecto moderno. Disfruto de su luz, que me hace pensar en algunas piezas de piano más apropiadas para un día de lluvia, y del peculiar humor de su gente. Sin embargo, esta vez no disfruto de Bruselas por que si estoy acá es por que no he podido seguir volando. Según el doctor necesito reposo.

Paré para hacer una escala cuando iba camino de la India pero me quedé. Los médicos lo han llamado una infección gastrointestinal severa, aunque tiene  un nombre común que me jode más: la enfermedad del turista. Algo comí en Malí, seguramente en un  restaurante bien preparado para blanquitos como yo, que me tuvo todo el viaje hasta Bruselas vomitando. Así no puedo continuar a la India, me dije, aunque en mi fuero interno me negaba a aceptarlo, hasta que bajé del avión, con media hora para el cambio, y me encontré sin fuerzas, con temblores y algo mareado. Claudiqué ¡Joder! Tendré que esperar unas semanas para reencontrar a mi embarazada india con nombre de cámara de fotos.

Por eso estoy ahora en el Primer Mundo, uno que está lleno de maquinitas

P1020127

y enchufes

y cubos diversos para reciclar, específicos para distintos tipos de cristal

con escaleras mecánicas

café para llevar en envases de un solo uso

coches que se toman para ir a comprar el pan (el clima no ayuda a los ciclistas)

compre el nuevo BMW Z4

pruébelo

estaciones de carga para los teléfonos móviles en el aeropuerto

pantallitas de colores multiplicadas

una bolsa de plástico al comprar un cajita que cabe en cualquier bolsillo

zumos que saben a Panamá por 3€

envases dentro de envases que guardan frascos que albergan algo muy caro

publicidad, grande, muy grande, y ubicua

Kevin Costner, sobredimensionado sobre mi cabeza, mintiendo sobre las bondades de las líneas aéreas turcas

un buen sistema de transporte publico

y verde, muy verde, pero uno se siente como en un jardín botánico,

conservado entre cristales.

Y pienso en África.

El día que viajaba con Dicko en la moto hacia Kafara se nos rompió la cadena, afortunadamente junto a un poblado. Un tipo que tenía un puesto con herramientas desplegadas por el suelo, puso a trabajar a dos chavales, de no más de 14 años, para que nos reparasen la avería. Usaban herramientas fabricadas con desechos de otras, un bloque de motor desarmado a modo de yunque y restos de cadenas de otras motos que ya no las usan. Así reciclan. Reúsan por necesidad.

Compré dos refrescos en una cabaña cercana que tomamos en silencio mientras observábamos a los jóvenes mecánicos, sentados sobre la tierra, trabajando en la cadena. Una versión africana de los boxes de fórmula 1. Dicko se giró y sonriendo me dijo: “Hace tiempo que el mecánico me comentó que estaba algo holgada y nunca supe cuando cambiarla, ¡je!”

En un libro titulado ‘No impact manColin Beavan cuenta cómo vivió durante un año, junto con su mujer y su hija, en Manhattan, intentando generar el menor impacto posible al medio ambiente. Esto es, sin utilizar productos de usar y tirar, ni papel higiénico, ni electricidad, nada de tomar vehículos que contaminen lo más mínimo y, por supuesto, olvídate de la TV. Dice que una de las cosas que más echaba de menos era encargar pizzas para casa. Una pena que las traigan en envases de un solo uso.

Bruselas me ha traído esa historia a la cabeza. Nuestro consumo energético, nuestra sociedad, nuestro desarrollo, se basa en la tecnología, que facilita nuestro nivel de vida, uno más cómodo, más fácil, más seguro. Y, a pesar de que acá no lo hacen del todo mal con la ecología, creo que nos estamos confundiendo en algo en éste, nuestro Primer Mundo.

Todo esto es sólo por que quería compartir esta pequeña digresión.

Ahora vuelvo a Sevilla. Necesito mimos y calorcito, que mi equipaje, preparado para África y para India, no puede con este clima.

Volveré al blog en algunas semanas. Volveré a la India.

MaTT

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Como quisiera…

Kafara, 8 de Octubre de 2009

Volver con las fotos bajo el brazo a modo de regalo ha supuesto ver este proyecto por primera vez como algo tangible. Se miran ellos en el papel y se ven y sonríen y me piden fotos y se comparan con ese otro congelado en un gesto. Si la otra vez disfrutaba del privilegio de ser el fotógrafo oficial de Kafara, ahora aprovechan mi visita para pedirme sin parar fotos por que saben que en el próximo viaje se las traeré de vuelta. Es casi un deber. “¡Fotota!” Me gritan cada vez que me ven, haciendo el gesto de disparar con el índice. Los niños me cogen de las mangas y me señalan cualquier cosa que les llama la atención para que lo fotografíe, un pájaro acompañado de sus crías o una pila de maíz, o posan ellos mismos, rígidos como soldados, o se cuelan en el retrato que estoy haciendo. Incluso alguno me ha reprochado que no le haya traído la foto que él recordaba que le hice y me salva por que espera que se la traiga en el próximo viaje.

Mali 2 -0862- Nikon

Con Deny ha sido algo parecido. La familia estaba tan encantada con el reencuentro como yo y tan alegre por el regalo de las fotos como los demás. Durante todo el día las sacaban y las mostraban a cada visita que pasaba por su patio. Lo dicho, un placer.

Mali 2 -0155- NikonDeny está barrigona, con las caderas más anchas y zumbona, como su madre, y, aunque parece a veces que le cuesta andar, sigue trabajando sin parar desde muy temprano en la mañana. Ahora saca agua del pozo, ahora cuida de sus hermanos, hierve la leche o muele el maíz, que es la época y es lo que básicamente comen. Durante todo el día están tostándolo, de continuo, en pequeños braseros portátiles. A cada rato y en todo lugar se puede ver a alguien sentado junto a uno de estos braseros cocinando una mazorca, hasta de noche cuando sólo se ven las brasas, o a chavales que pasan masticando una pila de maíz oscuro por el fuego. Incluso el desayuno suele ser a base de maíz. Agricultura mediaval, depender de lo que da la tierra en cada época, pero las cosas están cambiando y el huerto que han construido, uno de los grandes cambios recientes junto con el Hospital y la escuela, está dando frutos por primera vez. Ahora tienen tomates y pepinillos y pimientos, y las mujeres que lo cuidan los muestran orgullosos como tías. Y piden una foto, por supuesto.

Mali 2 -0394- Nikon

Deny no tiene 17 años como yo pensaba antes, sino 15, aunque la seriedad que muestra en todo lo que hace, fruto de la necesidad y del rigor de su vida, la hacen mayor y con sus hermanos se muestra inflexible y protectora, pero a veces, la cámara la desarma y sonríe como la adolescente que es. Sus músculos faciales se relajan, se le iluminan la boca y los ojos y, si capto justo ese momento, la rejuvenezco. Sin embargo, repasando las fotos, lo normal es que aparezca mirando a algún punto indefinido como si soportara la pesada carga de una gran responsabilidad.

Mali 2 -0688- NikonTambién le cambia la cara cuando le toco la barriga y río o cuando le pregunto (traductor mediante, claro) cómo siente al bebé dentro. “Se mueve”, dice mostrando sus blancos dientes en una carcajada contenida. A veces me parece que no sabe muy bien qué hacer con él pero conociendo a su madre y viendo cómo se maneja con sus hermanos, creo que será una buena madre, muy práctica.

“Te la hemos cuidado”, me dijo el doctor al poco de llegar. “Hace diez días estuvo por acá en una revisión y le tenemos siempre un ojo echado para que se cuide ella y a su bebé”. Yo tenía un temor, llegar y encontrarme con un aborto, algo muy normal con estas condiciones de vida. Pero no.

¿Y si hubiese pasado? ¿Y si ocurre antes de que vuelva por tercera y última vez? Nada, me digo. Nada, e intentaré reflejar como continúa la vida sin el bebé. Pero ésta es la teoría y ojalá eso no venga.

Pasar el día entero con Deny y su familia pone a prueba mi intuición, mis dotes de mimo, de comprensión no verbal, de comunicación a través de tres o cuatro palabras de bambara que he aprendido y de las tres o cuatro palabras de francés que ellos conocen. Solemos entendernos aunque, a veces, parecen preguntarme si me gusta la leche y en realidad me están explicando que la han cambiado por un poco de maíz, pero eso lo sé más tarde, cuando llega Dicko o Bissan y me lo traducen. Y entre ellos se ríen con la anécdota mientras hago como que no me afecta y sigo tirando fotos o jugando con los chavales. Se mueren de risa con mi cara de blanquito y mis gestos ¡Menudo payaso!, deben pensar, pero me acogen como un invitado especial y se muestran agradecidos de que los haya elegido para estas fotos y no se creen que el agradecido de veras soy yo, por mucho que le insista a mi traductor provisorio para que se lo explique una y otra vez.

Mali 2 -0504- NikonCómo quisiera hablar bambara de modo fluido para poder charlar distraídamente con Deny, preguntarle cómo se encuentra, que me hable de su marido que marchó fuera a trabajar para sacar más dinero, o hacer algún chiste que relaje su ceño mientras caminamos bajo el sol para llevarle la comida a su padre, que salió a pasar el día trabajando en el campo. Pero hacemos el trayecto en silencio, acompañados del ruido de nuestros pasos, con un sol vertical que baña de sudor su nuca y empapa mi camiseta. De todas formas cuesta pensar y la humedad no ayuda. Así, charlar, habría sido un esfuerzo. Entiendo que todo esté tan verde, tan altos los muros vegetales, tan grandes los frutos y que de noche los caminos se pueblen de ranas. Parece que tengo el pelo mojado pero es sudor y ella parece inmune. Necesito beber.

Ellos, sin pretenderlo, demuestran constantemente ser poderosos, y yo, un blanquito. Aunque a veces se sorprenden. Como cuando me siento en el corro que hacen alrededor del montón de mazorcas para pelar recién cosechadas y me uno a ellos. Les pido que me enseñen cómo lo hacen y me lo muestran encantados de la gracia pero no esperan que pase la tarde despeluchando mazorcas con ellos y a cada rato me piden que pare, pues su honor de anfitriones está algo alterado por un invitado testarudo y blanquito que se remanga y se sienta como uno más. Cómo quisiera hablar bambara de modo fluido y entender los comentarios que hacen Deny y su familia, de cualquier cosa, cuando estallan en carcajadas o cuando el tío corre a golpes a uno de sus sobrinos con una rama verde gritando. Y todavía no sé por qué.

Cómo quisiera hablar fluido bambara, sobre todo para poder escuchar a Deny contarme qué se siente siendo madre tan joven y ganarme su confianza y, tal vez, compartir alguna confidencia. Puede ser que entonces hiciese mejores fotos pero quizá no sería tan divertido como esta competición de mímica en Babel.

MaTT

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Por encima del Calendario

Kafara, 6 de Octubre de 2009

El primer día en Kafara ha sido caluroso y despejado y en la noche ha estallado la tormenta.

No han pasado más de dos meses pero el sabor del primer té verde compartido tras todo este tiempo me hace saltar por encima del calendario y remontarme, a través de mis sentidos, a la última vez que vine. De nuevo como en casa.

Fuera ha parado de llover. Parecía que la naturaleza quisiera destrozar el poblado como con los cerditos del cuento, pero la lluvia es bienvenida por que el mijo aun no ha agachado la cabeza y sigue necesitando beber.

Mali 2 -0686- NikonEl encuentro con Dicko fue una primera puerta para saltar por encima del calendario de una sucesión que continuó con otro viaje en moto, esta vez con Dicko y con la mochila ya recuperada, luego el reencuentro con Foré, con el Dr. Bissan y el resto de la familia del Hospital, y acabó con el repaso de las copias de las fotos que traje para ellos. Esto fue todo un acontecimiento, convertido casi en una atracción de feria por la alegría y el agradecimiento que pone en lo todo cuanto hacen.

Ha estallado la tormenta nocturna. Rápido, a recoger los cables, rápido, a refugiarse bajo techo, rápido ha pasado la lluvia tras descargar con fuerza. Escucha como suena.

Mali 2 -0617- Nikon

Hay, sin embargo, cambios que remarcan el salto del tiempo. Antes podía sentarme aquí y ver el horizonte que ahora me tapa el campo de mijo, alto como un muro vegetal. Se han marchado algunas personas y han llegado otras, cambios de caras en el paisaje del poblado, en esta gran familia. Y se acabaron las vacaciones escolares para los niños y, también, para los mayores, que han comenzado a acudir a clases diarias de alfabetización. Más las mujeres que los hombres, que compaginan el trabajo en el campo y en la casa con las cuatro horas diarias de clase. Y los miércoles cocinan juntas antes de entrar, en la hora de la siesta, a clase. Siempre se ayudan. Debido al rigor de su vida aquí, tiene sentido el trabajo en comunidad.

Mali 2 -0734- Nikon

La tormenta ha pasado. Abrimos las ventanas y la puerta para que pase el fresco y entran amigos y conocidos a esta tertulia nocturna bajo techo. Nos cotejamos de nuevo. Se cruzan las risas y los idiomas. Aquel habla inglés, este en francés y todos menos yo hablan bambara, y en los ratos muertos Mali 2 -1053- Nikondesconecto y me quedo pensando en las fotos que tomaré mañana a Deny.

Y en lo fresca que se ha quedado la noche.

Qué bien voy a dormir.


MaTT

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Debo dejar de elucubrar

5 de Octubre de 2009

Son las siete de la tarde.

Más allá de la ventana las gotas de lluvia son gruesas y estallan en el suelo. Las escucho desde mi cuarto. Desplazo las hojas de cristal del balcón y huelo la tarde, a sucio y a campo, a tierra húmeda y caliente.

La luz se escurre por el horizonte y el calor ya no es tan asfixiante como al mediodía, cuando el sol caía a plomo y caminar desde el hotel al ciber-café de la esquina suponía un gran esfuerzo que se pagaba en sudor.

Lo normal es que a esta hora Bamako renazca, aunque haya menos coches.

Los rezos ya se han enviado y van camino de la Meca por algún tipo de certificado urgente religioso, los negocios que pueden permitirse tenerlo han apagado el aire acondicionado que durante todo el día ha fabricado un refugio intangible para los clientes, y han cerrado sus puertas, pero las numerosas casetas tienda, hechas de madera y cañas, en las que se vende desde jabón y tarjetas de recarga de teléfono hasta partes de automóvil, recicladas con esa especial habilidad para el reciclaje y los nuevos usos que tienen acá, son ahora atmósferas de luz donde se charla, sentados en un banco tomando té, en la orilla del camino que baja hacia la avenida principal. Esa que viene del río Níger.

P1020092

La lluvia no impide que los bamakenses permanezcan en la calle, que es donde se desarrolla la vida, aunque ahora estén vistiendo bolsas negras de basura a modo de chalecos impermeables, después de agujerearles el hueco para los brazos, y se quedan al borde del camino. Para mí, que fabrico teorías sobre lo que veo, están a la espera de que se calme la lluvia sabiendo con certeza cuándo ocurrirá, tranquilos y confiados, acostumbrados, y cuando ocurra, las oscuras calles volverán a ser un movimiento continuo de gente, bultos sin forma que sólo se definen bajo las muy escasas farolas o junto a una caseta abierta.

Anoche, después de que aterrizó el avión, el paisaje era diferente. Nada que ver con la lluvia sino con la hora. Era muy tarde cuando el taxi que me llevaba al hotel cruzaba avenidas desiertas, una sensación de abandono que se acentuaba por lo decrépito de las casas. Uno se siente como atravesando un lugar en el que no debería estar. Algo prohibido, como si observasen miles de ojos ocultos cuando se está haciendo algo indebido.

Estaba cansado, pero uno se acostumbra. Y eso es lo malo ¿En qué momento me acostumbré a que me perdiesen la maleta? Si, eso es, otra vez me la han perdido. Le voy a tener que colocar un GPS. Espero que mañana en la mañana haya llegado por que pienso irme con ella o sin ella.

Esta mañana he estado con la gente de MZC, la ONG que desarrolla el proyecto del Hospital en Kafara, y ha sido un bonito reencuentro, sobre todo con Dicko, el veterinario. Escuchándole hablar he pensado que tenía que dedicarle una parte de este blog, pero no a él sino a lo que significa para alguien como él vivir en un poblado pequeño como Kafara. A veces también yo me he sentido así, fuera de lugar, incomprendido, pensándome mejor que mi entorno, pero él no lo dice. Yo lo supongo. Quizá es su cara cuando habla de su hijo y de su mujer que aún siguen en Cuba, o quizá son esos silencios suyos en los que la risa, esa risa negra y cubana que le define, queda aparcada y yo me pliego y observo, también en silencio. Quisiera ser hábil y poder capturarlo en su retrato. Una foto no puede con eso. Es parte de lo que no se ve.

He vuelto a Malí tras dos meses a buscar a Deny, mi joven embarazada, y reencontrarme con mi familia de acogida de Kafara, pero aun estoy asimilando el regreso y mi cuerpo todavía no se lo cree.

Ha parado de llover, como seguro que ya sabían los de la orilla del camino, y las sombras se mueven por la calle.

El hotel está tranquilo y mi mochila está aun viajando pero no sé por dónde ni hacia dónde.

Dicko cena esta noche con su padre que está enfermo.

Yo me quedo pensando en lo que no me ha dicho, en lo que no le ha dicho a nadie, en ese silencio que sólo llega cuando uno mira a su vida de frente y sabe que ya eligió un camino que, aunque equivocado, es el camino de uno.

Tengo ahora cinco días más para seguir aprendiendo de silencios.

Tengo ganas de volver a Kafara.

Debo dejar de elucubrar.

MaTT

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Cerrado hasta Octubre… Continuará

29 de Julio de 2009

Va a ser que no, que no es posible. Que no voy a poder poner la foto que quería.
Estaba pensando, a modo de imagen para la vuelta, una foto de las mochilas a medio deshacer en casa, pero no va a ser por que me han vuelto a perder la mochila. Al menos, en Madrid, en la cinta del aeropuerto, no apareció. Creo que se quedó en Francia. Malditas escalas. Debo de haber batido algún record.
Así que este hasta luego viene sin foto.
Por ahora, el blog quedará en suspenso hasta el próximo viaje, en Octubre. De nuevo a Malí y a India. A ver cómo evolucionan mis embarazadas.
Mientras seguiré trabajando y organizando las fotos, ¡qué ganitas!

Por esta noche cierro esta caseta de feria ambulante, que son ya más de 24 horas sin dormir.
Nos vemos pronto.

MaTT


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